martes, 21 de diciembre de 2010

Doorman 3: Centro comercial

Hay quienes pusieron en su día una estúpida frase en boca de un superhéroe cansino como Pedro Aparcador que, de buenas a primeras, gracias a un triste picotazo de una miseria de araña (si llega a ir un día de vacaciones a la selva no iba a haber quien le aguantase después) se vio obligado a repetir una y otra vez la tan manida frase de: “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”®. Que vamos a ver, si llega a ser un supervillano, la cosa habría sido: “un gran poder es guay y te voy a machacar”, “un gran poder conlleva una gran irresponsabilidad”, “un gran poder es mejor que no tener nada, justo como tú”, “un gran poder me va a traer una cantidad de problemas enorme con la justicia” o, también… “un gran poder no implica un gran querer”, esta última para Supervago (sin ® porque no existe en la realidad: ja, ja, ja).
Con todo, Ramón no estaba del todo seguro de que fuese una buena idea que la gente supiera de sus nuevas habilidades. Sobre todo esa chica que hacía varias semanas que había entrado en su vida. O sea, lo típico: mujer completamente normal física y mentalmente (que las hay que engañan) con la que había empezado a escribirse en internet.
El tío, un solitario e hipócrita aspirante a ermitaño estaba dando un paseo en lancha de remos por el inmenso océano de las redes sociales, los chats, los foros, obviamente también por las páginas porno, un par de páginas deportivas, más porno, páginas de compra-venta, alguna de merchandising friki, tal vez algo también de porno y así sucesivamente, cuando tropezó virtualmente con una chica de su ciudad, casualmente de su mismo barrio y que, cosas del azar, compraba en su centro comercial. Realmente no fue tan casual el hallazgo. El bueno de Ramón se aprovechó de su condición de vendedor para hacer unas pequeñas trampas cuando la chica había comprado en su sección, grabando a fuego (bueno, escribiendo en un papel) el nombre que aparecía en su DNI y en su tarjeta de crédito cuando ella hacía acopio de varios pares de medias, lo cual despertó en el pobre, inocente e influenciable personaje una serie de sensaciones que no le permitieron permanecer impasible… el resto del día. Anécdotas aparte, el caso es que, después de dar muchísimas vueltas, la encontró en la red casi por casualidad y luego urdió un efectivo plan (que no se va a explicar, evidentemente, porque tiene derechos de autor) para hacer creer a la chica que todo había sucedido de chiripa. Bueno, de acuerdo, a decir verdad, habría que hilar más fino y matizar que realmente no se escribían, pues era él sólo quien lo hacía… y más concretamente mediante “privados” y bajo un seudónimo o, modernamente, con lo que se conoce como "nick": Ramo-Nuko, del que estaba orgullosísimo por su originalidad.
En fin, dejando las genialidades a un lado, la principal cuestión aquí es que, bueno… la tipa le gustaba y se debatía mentalmente entre hablar un día con ella o no. Y, si lo hacía, estaba seguro de que, como buen bocazas, antes o después le soltaría lo de su poder. Y sabía que no debía hacerlo, pues la pondría en serio peligro con ese conocimiento, ya que sus enemigos la usarían para llegar hasta él…
- No, espera un momento, eso no puede ser, como Doorman aún no tengo enemigos. Leer tantos cómics me hace pensar unas cosas muy raras y usar absurdamente frases en absoluto manidas, ejem, aunque seguro que me hacen más interesante cuando tenga fans. – Pensó Ramón.
Con todo, habían pasado ya unos días después de su primer experiencia como portero en los grandes almacenes donde trabajaba. Él mismo había decidido que ésa sería su coartada si alguna vez se le escapase algún comentario. Llegaría, incluso, un día en el que los diccionarios creasen una nueva acepción para esa palabra. Y, al lado, su foto. Una pose digna, con la barbilla alta, mostrando su enorme superioridad, de brazos cruzados, sacando pecho y mirando al horizonte, como si la respuesta, fan mío, estuviera en el viento.
Lo que no cambiaba era su aspecto, la cruz seguía en su frente, recordatorio del día que toda su vida dio un giro de ciento sesenta y pico grados, aproximándose a los típicos ciento ochenta, pero sin llegar. De hecho, siempre se había considerado a sí mismo especial. Aún así, se le ocurrió que podría dejar crecer un poco el pelo para disimular la marca y, además, de cara a esa futura foto, para hacerle parecer aún más interesante. La verdad es que el pelo largo siempre ha quedado muy bien cuando el aire te lo alborota anárquicamente. Y sudor. Faltaría más. El flequillo pegado en la frente, como si terminase de salvar el mundo una de tantas veces gracias a su esfuerzo y dedicación.
- ¡Pardiez, las mujeres no dejarán de adorarme! – Saboreaba el ingenuo soñador.
Todo sucedía con normalidad en su trabajo y, en general, en su vida. Después de cada jornada, iba a su casa, como siempre, y practicaba sus nuevas capacidades, además de pensar en qué más cosas sería capaz de hacer, si es que hubiera más. Incluso se planteó la remota posibilidad de salir a correr, hacer abdominales, algo de pesas, tal vez… e incluso empezar alguna pequeña dieta para volver a los tiempos en que estaba un poco más en forma. En ninguna cabeza cabía que un superhéroe estuviera fondón, que se agotase con el primer esfuerzo y que no pudiera terminar con éxito una hipotética persecución de un malhechor, porque sería el hazmerreír del gremio. Así pues, cogería la sartén por el mango y su vida volvería a cobrar sentido.
Se acercaban las navidades y, como siempre, la gente abarrotaba el centro comercial. Y más ese año, que habían llegado muy frías, con bajas temperaturas, nieve, lluvia y viento, con lo que la gente aprovechaba también para comprar más ropa de abrigo y, extrañamente, muchas conservas en alimentación, como si temiesen que pudiera suceder algo gordo (eso pasa por ver tantas películas de zombies y de catástrofes).
Ese día, Ramón estaba en el turno de la tarde y ya no quedaba mucho para terminar la jornada. De hecho, el hombre ya estaba limpiando los expositores, haciendo algo de tiempo antes de empezar a recoger. Había tenido bastante trabajo durante el día, con un montón de clientas de todo tipo, desde la señora mayor que da mucho por culo revolviéndolo todo y que termina llevando siempre lo mismo (y en color carne) hasta la jovencita que compraba lencería asombrosamente picante para lo que quién sabe que hiciera en su vida privada… pero quién pudiera ser tan afortunado de verlo y vivir para contarlo sin ataques al corazón o severas jaquecas, pasando también por las maduritas que renovaban su vestuario íntimo para sentirse más coquetas y atractivas para sus parejas. Por cierto, que de estas últimas había leído algo también en internet: las llamaban “milf”, aunque quién sabe lo que eso significaría. Tendría que informarse en la red pero, desde luego, tenía pensamientos impuros con esas madres. Fueran o no fueran madres, por supuesto.
Pues limpiando y pensando en cosas de esas estaba, cuando sintió cómo el griterío normal de los pasillos aumentaba de volumen. Supuso que se trataría de alguna oferta de última hora, cosa que solían hacer como reclamo y también para deshacerse de material que se vendía poco, al menos una o dos veces a la semana, pero se sintió intrigado porque había algo raro en las voces de la clientela. Y más, cuando comenzaron los gritos de terror y de pánico. Algo grave sucedía, algo del todo inesperado, como las tres pequeñas explosiones que se escucharon a la altura de la sección de electrónica. Momento en el cual, una oleada de gente, huyendo de aquella zona, se aproximaba corriendo hacia la salida que había junto a la suya, todos empujándose unos a otros, sin importarle a nadie las personas que caían al suelo, todos presa de una histeria y un pavor que jamás había visto.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Doorman 2: El despertar.

Pasaron un, dos, tres… cuatro, cinco, seis semanas y aquella X no curó. Luego hay quien se tatúa, cuando este método de toda la vida y doloroso es mucho mejor. No hay comparación.
Como esto no es una película y aquí no hay prisa para relatar los acontecimientos que acontecieron y acontecerán y que además serán contados (supongo) en desorden cronológico, aleatorio y en base a lo que surja en cada momento, pues afirmo que la cantidad de vueltas, rodeos, conexiones sin apenas sentido y guiños en general será, a veces, tediosa (yo no lo voy a leer, así que me da igual) y otras, las menos, un intento de parecer graciosillas. O no, porque seguro que habrá cosas serias (ja, ja). Quiero decir con esto que resumir cómo se va haciendo con el control de los poderes a lo bestia como, por ejemplo, en la película de Spiderman®, pues no mola, así que me enrollaré un montón. Que ahí radica lo bueno de los libros, que puedes dar cientos de miles de millones de rodeos porque nadie dice que tengan que durar más o menos. Es más, por eso aparecen esos enormes tochos en las librerías, tan aclamados por la gente, en los que, en general, la historia se podría contar con la décima parte de la paja que meten esos bastardos por tener un “nombrecillo”.
La verdad es que me gustaría llegar un poco lejos con alguna historia (refiriéndome siempre a extensión, no soy tan vanidoso aunque penséis que sí, cabrones).
Lo que puedo prometer, y prometo (todo no, que no soy político), es intentar ser ameno y sacaros alguna sonrisilla, que ya sé que seguimos de lleno en la crisis, pero reír es casi gratis. Debo decir, en este momento, que esta última idea la expongo todas las putas veces y se me repite hasta a mí, así que no me quiero imaginar a vosotr@s. Pero esto pasa en las mejores familias. Escritorazos y azas que presumen de ser impresionantes se repiten más que el ali-oli del Rey del Bocata ®, aquella cadena mítica de bocatería ultra-chunga. Y nadie les dice nada, así que no va a ser menos en mi caso. Espero.
En fin, vayamos al lío.
Días más tarde de los porrazos y aquella sensación de que una puerta (¡qué estupidez!) le hubiera hablado, el dolor aún no se le había ido del todo. A pesar de que, efectivamente, se le había olvidado ir al médico para curar la herida (esto le puede pasar a cualquiera, ejem), la cosa no pintaba muy mal. Lo único, que se hacía muy evidente que la cicatriz había llegado para no marcharse, como el “okupa” que le cambia la cerradura a la puerta para lo mismo. Que los hay.
Con todo, no había vuelto a tener alucinaciones, así que siguió con su vida con normalidad. Esa normalidad tan aburrida que hace que algo que se salga de esa tónica se convierta en toda una noticia o una aventura. Que, por cierto, no era el caso.
Ramón tenía un trabajo corriente en unos grandes almacenes, en la sección de ropa interior femenina (a él que le pregunten, lo dijo el jefe y punto). Seguramente, siendo como era, aquello podría haber resultado una auténtica bomba de relojería pero, misterios de la vida, el bueno de Ramón estaba más relajado que de costumbre gracias a ese nuevo cargo. Antes había pasado, sin pena ni gloria, por las secciones de juguetería, electrodomésticos (odiaba aquella sección) y droguería, llegando a ser denunciado, incluso, por una compañera muy borde, por robar cajas de ibuprofeno ®.
Estaba trabajando tranquilamente, mientras colocaba las fajas color carne (por dios, ¿quién habrá sido el hijo de la gran puta con tan mal gusto para escoger ese color?) cuando “esa sensación” le recorrió nuevamente el cuerpo como quien mete los dedos mojados en un enchufe y los voltios compiten para ver quién tumba al infeliz. Se dio la vuelta mientras el familiar sonido de la puerta de acceso comenzaba su movimiento de apertura.
- ¡He sido yo, lo presiento! – pensó (bueno, pensó. Quien dice pensar dice imaginar. O flipar).
Se acercó de esa manera que sólo en las películas de intriga o de terror saben acercarse, donde el espectador, expectante e incapaz de hacer nada por evitarlo, ve cómo el protagonista no se da cuenta de que algo va a suceder y que, a pesar de los tiempos que corren, siempre termina, invariablemente, haciendo lo que cualquier tonto sabe que no debe hacer. Pero bueno, los guionistas sin imaginación, pero con mucho dinero, también tienen derecho a la vida.
Llegó, finalmente, a la puerta cuando, de pronto, ésta se abrió, retiró sus majestuosas hojas cristalinas y, para inmensa sorpresa de Ramón, permanecieron abiertas ante él.
La gente que pasaba por allí cerca observaba toda la escena con cierta incredulidad, como si temieran ser víctimas de un programa de cámaras ocultas, pero es que, viéndole la cara, era difícil saber con seguridad si aquel tipo estaba cuerdo o lejos del mundo real.
Mientras tanto, Ramón se concentraba e hilillos de chapapote sudor le recorrían la frente (que le caían hacia abajo, vamos. Esta expresión siempre ha sido un tanto ambigua, porque claro, recorrer… podría ser en horizontal también, o describiendo círculos, en zigzag…).
Aislado en su enigmático mundo cerebral, Ramón hacía caso omiso de todo cuanto acontecía a su alrededor y dirigía sus esfuerzos hacia aquella puerta, canalizando hasta la última fibra de su ser hacia su concentración. Se le encrespaban los pelos de los brazos, rizados en el día a día, y las uñas se tornaban rojas. Parecía a punto de explotar, empapado en sudor como estaba cuando, de repente, la cara se le iluminó, se relajó y soltó un sonoro y largo gemido, como de éxtasis.
Ocurrió entonces que salió de su burbuja mental y se percató de lo que estaba sucediendo en el mundo real mientras había estado experimentando todas aquellas sensaciones: varios compañeros, así como un reducido grupo de clientes y varios críos, se habían parado a cierta distancia para observar todo aquello, estupefactos ante los cambios que se sucedían en la cara y el cuerpo de Ramón, no atreviéndose, de hecho, a acercase a él, ignorantes de la reacción que éste pudiera haber tenido de haberlo hecho.
Una vez relajado, la gente congregada a su alrededor salió también de su estupor, mirándose unos a otros, como preguntándose si el hombre estaría enfermo, poseído, o sería un loco peligroso.
Un par de críos, conscientes de que su rol a estas alturas de la vida era el de hacer travesuras, empezó a reírse del tipo, tirándole bolas de papel (pues sí, perfectamente podían llevar mochilas porque estuvieran de paso en su vuelta a casa desde el colegio y, como todo el mundo sabe, en una mochila la gente lleva cuadernos, folios y todo tipo de cachivaches que se usan cuando vas a clase. A esto es a lo que me refiero cuando digo que la gente que cobra por esto debería de ir a la cárcel: seguramente habrían descrito el forro de la mochila, cómo se la habrían descolgado de la espalda, el número exacto de cuadernos y sus colores, si eran grandes, pequeñas, de cuadros, si llevaban libros, estuche... es odioso, tedioso y demuestra que al tipo le pagan por hojas).
A pesar de las burlas de los jóvenes, Ramón permanecía tranquilo, con una calma que sólo se me ocurre describirla como la que uno tiene después de echar un buen polvo (no sé si alguien reconoce la sensación, supongo que sí. Yo lo sé de oídas, claro, pero eso nadie sabe si es cierto o no). El resto del grupo de observadores aún miraban atentos, así que aún no habían llegado al punto álgido de aquel suceso. Y es que, al ver que no les hacía ni puto caso, los chavales, con la inocente malicia de alguien de su edad, se acercaron a hurtadillas por detrás y le dieron una sonora colleja, echando a correr inmediatamente en dirección a la puerta del centro comercial, que continuaba abierta.
Ramón, con toda la paciencia de alguien que se sabe muy superior al resto, esbozó media sonrisa y levantó la ceja derecha, aún sin moverse, lo cual no hizo falta para frustrar la travesura de los jóvenes, que corrían mirando atrás para ver si los perseguía, sabedores de que las puertas continuarían como estaban, como era lógico y de esperar: sin embargo, a menos de dos metros para llegar a ellas, sus hojas se cerraron de golpe, con una maldad tal que recordaba a cualquier película de terror que se precie. El porrazo que se dieron contra las puertas en su huída fue tal que salieron rebotados hacia atrás, trastabillando hasta caer casi a los pies de Ramón, inconscientes.
El grupo de observadores, que aún permanecía en el sitio, quedaron petrificados ante este nuevo suceso, sólo que ahora estaban aún más aterrados. Miraron a Ramón, se miraron entre sí y, como si se hubieran puesto de acuerdo, huyeron del lugar despavoridos, gritando y dejando, al fin, los pasillos vacíos.
Y así fue cómo Ramón probó el poder. Ahí fue cuando se dio cuenta de que ya no había vuelta atrás y que ya nunca volvería a ser un tipo vulgar y corriente como pensaba que había sido hasta ese momento, inocente él.
Si días antes había creído que una puerta le hablaba… ahora había comprobado que todas le obedecían. Doorman no era un sueño. Doorman era una realidad. Y el mundo ya no volvería a ser el mismo.

martes, 2 de noviembre de 2010

Virus (1ª parte: Otoño)

Lo que empezó siendo un pequeño catarro en un bloque de viviendas de la periferia terminó de una manera terrible. Nunca antes se había vivido un caos como aquel y, probablemente, jamás volvería a suceder nada parecido.

Aquel año, las estaciones se habían ido sucediendo con precisión milimétrica. Todo apuntaba a que, al igual que las anteriores, el otoño aparecería sin ninguna novedad, a su hora, calmando el agradable calor del verano que había acompañado a las últimas semanas. Por tanto, no había indicio alguno que hiciera pensar que, como por arte de magia, llegaran unos días tan fríos. Estas cosas suelen pillar a la gente con la guardia baja, de eso no cabe duda, pero quizás ese año se hubieran confiado demasiado. Los niños todavía jugaban en la calle en pantalón corto y camiseta, los mayores iban a trabajar en manga corta y ropa fresca, sin nada que abrigase más que para una ligera brisa. Era como si tuvieran sus cerebros programados y no se dieran cuenta, puesto que el frío no llegó de repente, sino que fue metiéndose por cada recoveco como si alguien metiera arena en una botella llena de piedras.

El bloque de pisos tenía un patio donde por las tardes se reunían todos los críos para jugar y las señoras que vigilaban a los más pequeños. Cada cual buscaba la mejor manera para pasar el rato y divertirse: los chavales improvisaban porterías con sus mochilas y canastas con las papeleras, las niñas sacaban las cuerdas que no paraban de girar en todo el día, y todos corrían y saltaban, ajenos al cambio.
Las ancianas sí que parecían haberlo percibido, pero ¿quién le hace caso a unas sobreprotectoras cascarrabias?

- ¡Ponte el “jarsé” que me vas a coger frío y ya verás luego tu madre cómo se pone! – Predicaban.

Al principio sólo había un crío que presentara los síntomas, unos estornudos inocentes tras el baño anterior a la cena, pero sin nada más que pudiera preocupar a sus padres. Al día siguiente se presentó como cualquier otro en el colegio. El virus aprovechó la mejor ocasión que tuvo, así que a lo largo de aquella fatídica mañana se dedicó a deambular entre sus compañeros, entre sus profesores y entre todo el mundo por igual. Quien más y quien menos, al anochecer ya mostraba los síntomas: mocos por doquier, estornudos, tos que no consigue espectorar… y la fiebre. Aquella noche no hubiera hecho falta la calefacción, porque la temperatura media del barrio no bajaba de treinta y nueve grados. Y no precisamente la ambiental.

Al día siguiente, las salas del ambulatorio estaban repletas. Los médicos no daban abasto y estaban por completo desbordados, de ahí que tuvieran que pedir refuerzos a otros dos centros más, para que les enviaran personal que les ayudara.

Este hecho propició que el virus se fuera de viaje hasta otro par de barrios gracias a los médicos, lo que originó una reacción en cadena y pronto se apoderó de toda la ciudad. Además, el frío que había llegado casi de puntillas campaba ahora a sus anchas y las temperaturas no paraban de bajar.

Lo peor de todo llegó cuando se produjeron los primeros accidentes. Según pasaban los días y las temperaturas continuaban cayendo en picado, comenzaban a aparecer enormes placas de hielo por todas partes. La calle era por completo impracticable y salir, siquiera a por medicamentos o por comida, se convertía en toda una arriesgada aventura. Hubo caídas fatales, congelamientos, atropellos, choques… todo un caos para el que nadie estaba preparado. Se puede suponer que aquello fue la gota que colmó el vaso.

Ante esta imagen, viendo que la situación se le iba de las manos a todo el mundo y que el pronóstico que daban los entendidos era muy poco optimista, comenzaron a aparecer posibles soluciones. Al principio eran pequeñas opciones que daban los expertos locales, pero se fue comprobando que no eran efectivas, mientras que poco a poco la epidemia se iba extendiendo incluso a los pueblos cercanos, aunque de una manera mucho más suave, lo que llevó a los dirigentes a apostar por dos medidas más agresivas: la primera, poner la ciudad y los alrededores en cuarentena y, la segunda, probar un nuevo fármaco, aún experimental, que estaban desarrollando unos laboratorios extranjeros que hacía poco tiempo se habían instalado en la provincia, a decir verdad, no muy lejos de la ciudad. Se trataba de una subsidiaria de Sunshade, farmacéutica puntera de los países del este que se dedicaba al estudio de parásitos que prolongaban la duración de los alimentos, libres de sustancias químicas. En cuanto a la subsidiaria, Sunblock, estaba probando algo parecido, pero con unos hongos diminutos que se encontraban únicamente en aquella zona, y también estaban probando, de forma paralela, una cura alternativa y radical para enfermedades comunes que venían a inmunizar el afectado, incrementando la fortaleza sus defensas.

Hasta el momento, el tratamiento no había sido probado en seres humanos, pero dada la situación desesperada, que ya se le escapaba de las manos a todo el mundo, se decidió hacer un improvisado estudio en la población raíz, Overtown, suministrándoles el fármaco y cuidando de que ningún agente externo pudiera alterar la vital prueba.

Pasados dos días de la vacunación se empezaron a notar los efectos, con evidentes signos de mejoría en la población. A pesar de las bajas temperaturas y de la climatología adversa, parecía que la enfermedad remitía y, según el parte meteorológico, en menos de una semana volvería el otoño de nuevo. Todo parecía indicar, pues, que dentro de muy poco tiempo se volvería al fin a la normalidad. Dada la efectividad del fármaco, se decidió, lógicamente, que también sería una buena idea repartirlo entre los pequeños brotes de las afueras que, aunque apenas habían tenido los mismos síntomas, nadie se quería arriesgar a que se pudiera repetir aquel caos en el que se sumió la ciudad durante la semana y media que duró.

El hecho es que nada de esto pasó inadvertido en todo el mundo, que seguía con gran expectación la noticia, aun a pesar de no había imágenes de ningún tipo debido a la cuarentena. No obstante, gracias a la red, en todas partes se comentaba el suceso y se sabía, punto por punto, lo que había ido sucediendo, lo cual supuso, al final, una fama y un reconocimiento para Sunshade y Sunblock que nadie esperaba., y que hizo que coparan el mercado farmacéutico en todo el mundo con sus medicamentos, así como facilidades para instalarse en numerosos puntos del planeta.

Mientras tanto, el otoño seguía su curso.

martes, 26 de octubre de 2010

Doorman 1: Ha nacido un estrellado. Esto... una estrella.

Para cuando me desperté (perdón, para cuando se despertó), los rayos de sol entraban por las rendijas de la persiana, como Cíclope® (X-Men®, usad el Google®) cuando no se hace el remolón, se estira un poco, y reparte alegría ocular con esa sonrisa de la que no se caracteriza. Aún somnoliento, se levantó (no me levanté, se levantó: ya corregí ese error), y la ropa dispuesta aleatoriamente por el suelo se encargó de hacerle protagonista de un buen video para el YouTube®. Parecía que no, que aun dando tumbos conseguiría alcanzar algún lugar donde sujetarse, pero tras un par de intentos fallidos, hizo un doble mortal sin voltereta y dio con la cabeza en la esquina de la hoja de la puerta (¡qué dolor!), cayendo fulminado como si Coloso® le hubiera dado un sopapo.
Ya no hacen los suelos lisos como antes (¿antes los hacían lisos?), con lo que cualquiera hubiera podido hacer apuestas para ver hacia dónde iba la mayor cantidad de regueros de sangre procedente de una brecha en su frente (luego, casi seguro que no se acordaría de ir al médico para que le dieran unos puntos).
No habrían pasado más de tres cuartos de hora cuando volvió en sí, flipando por ver que estaba tirado en el suelo y con un tremendo golpe en la cocorota. Inconscientemente, trató de ponerse en pie. Aquel no iba a ser su día de suerte, estaba pensando cuando se disponía a ir al baño para ver las secuelas del accidente, momento que escogió el juguetón y travieso destino para sugerirle que aún no había terminado de tatuarle la cara. Esto es, que resbaló en la sangre que aún no había tenido tiempo de coagular y se dio un nuevo y tremendo porrazo, esta vez contra el marco, dibujándole una divertida X sangrante en la frente. Ni que decir que la anterior herida volvió a abrirse, claro, pareciendo aquello una película de Tarantino, si es que en este mundo hipotético existía alguien parecido. Aunque bueno, si no es ese es cualquier otro.
Hasta aquí podría decirse que me encanta cebarme con los personajes que me saco de la minga manga y que soy un poco sádico, pero tengo mi corazoncito (también lleno de sangre por si se me acaba la de estos pobres infelices). Para demostrarlo, tiraré del tópico del Ying y el Yang y de la Sabia Naturaleza, que no permiten el desequilibrio (el mental ya es otra cosa, pero estoy bien, gracias).
Al cabo de un par de horas, se despertó por tercera vez, ya que todo el mundo sabe que a la tercera va la vencida (menos con las mujeres, que a la tercera ya te denuncian por acoso y terminas no pudiendo acercarte a menos de doscientos metros de la irascible chica sin posibilidad de explicar que se trata de un malentendido).
Se sentía raro (como para no), no se explicaba por qué (y más adelante tampoco), pero algo dentro de su ser no paraba de gritarle de qué se trataba. Se giró entre mareos (venga, vale, también vomitó un poco) y se encontró de frente con la puerta. Aquella maldita puerta debía de haber sido su verdugo. Aquella puerta con dos abollones. Aquella puerta que tanto daño le había hecho. Aquella puerta de la que se acordaría durante mucho tiempo. Aquella puerta que… ¡le estaba hablando!
Ciertamente, la cosa no tiene mucho sentido, lo reconozco, pero deberíais de estar todos y todas maravillados (y maravilladas) ante el sorprendente nacimiento de un nuevo Mesías, de un Héroe de proporciones bíblicas, de un Elegido que pronto sabría que su destino estaba ligado a la salvación del mundo, a ser un ídolo de masas, a encabezar un ejército de superhéroes unidos para proteger a la gente normal.
Etcétera.
Bien, llegados a este punto, debo reconocer que, si bien sé por dónde continuar, ahora me ha quedado todo el final un poco brusco, enmarañado y extraño, pero necesito poner un poco en orden mis calcetines de colores mis ideas.
Os presento a… ¡DoorMan! (sin ® aún ).

domingo, 1 de agosto de 2010

miércoles, 28 de julio de 2010

En la carretera.

Ni muy ancha ni muy estrecha, no pecaba de sinuosa, pues mirara para donde mirase, no se veían más que curvas que ocultaban el asfalto entre árboles, arbustos, y follaje propio de las laderas de los montes por cuyas faldas correteaba. Por lo demás, todo era igual de silencioso que el camino por el que se acercaba.
Puesto que donde estaba no había nadie ni nada para ubicarse, fue hacia ella, con la idea de permitir tomar al azar la decisión de ir hacia un lado u otro. En realidad tenía en mente continuar su recorrido en sentido descendente, pues carretera más descenso, bien podría equivaler a pueblo o ciudad costera, pero dos detalles le hicieron dar marcha atrás en tal idea: una, que ya estaba a nivel del mar, así que mucho más no podía descender; dos, que ni siquiera había pendientes. Para ambos lados, la carretera llaneaba. Así pues, se decidió por la mano derecha (pues su cerebro le insistía en que la buena idea sería ir hacia la izquierda y ahora mismo, ni de su instinto se fiaba tras las últimas peripecias de estos días, horas, semanas… o lo que fuese).
Su exquisita educación vial se puso en funcionamiento al aproximarse al arcén, lo que originó una especie de negación pausada con la cabeza. Esto es, que miró a ambos lados de la carretera antes de cruzar. Así pues, de nuevo se puso en marcha, mas sin noticias de alguna otra forma de vida que no fuera la suya propia.
Así siguió durante horas, descansando cada cierto tiempo, pero nada cambiaba. Todo eran curvas, todo eran líneas continuas y discontinuas que se sucedían por la mitad del asfalto sin que nada alrededor se alterara. Así fue como la radiante luz del día fue alejándose, minuto a minuto, sin detenerse.
Comenzaba a atardecer cuando notó un cambio significativo. Desde la vegetación se oían tímidos cantos de insectos y también de aves que parecían que, por fin, salían de dondequiera se hubieran estado escondiendo desde que había aparecido en la playa. Esto alivió en cierto modo el desasosiego de Dante, aunque el hombre oía todo esto pero seguía sin ver nada.
Así continuaron pasando las horas y, con ellas, la acumulación de cansancio, mas nadie recorría aquella carretera.
Llegó la noche aunque, por estrellada, no iba del todo a ciegas. Para estar en mitad de ningún sitio, cuanto más se moviera antes habría de llegar a algún lugar, por lo que rechazó la idea de pararse a dormir. De todas formas, para alguien de vida completamente sedentaria como él, por muchas ganas que tuviera de encontrar un sitio donde poder, al fin, descansar, el agotamiento acumulado hasta entonces le hacía poco menos que delirar, con pinchazos en las piernas, una sed de mil infiernos y la cabeza a punto de estallar.
En estas estaba cuando creyó oír a lo lejos un ruido diferente. Se detuvo y prestó atención, aunque en esa ocasión no escuchó nada. Supuso que se tratase de su imaginación, que ya le estuviera empezando a jugar malas pasadas pero, al cabo de unos instantes, volvió a percibir algo. Algo que parecía un rugido. No veía nada a lo lejos, pero las infinitas curvas de la carretera bien se encargaban de ello. A veces se escuchaba con más claridad y bien parecía el sonido de un motor que se acercaba, pero de nuevo desaparecía para dejar paso a la orquesta de insectos nocturnos. Lo que le resultaba por completo confuso era que, a veces, le parecía que el sonido venía por delante… y, otras, por su espalda, lo que resultaba curioso, a la vez que inquietante. Incluso durante unos instantes le pareció ver un destello de luces por el rabillo del ojo, pero cuando se dio la vuelta ya había vuelto la oscuridad.
Siguió caminando, aunque el cansancio iba haciendo mella en sus ya de por sí mermadas facultades físicas. Mientras, el rugido aparecía desaparecía y, por más que lo intentara, su cabeza le aseguraba una y otra vez que éste venía por ambos lados. Una cosa estaba clara, cada vez se escuchaba con mayor claridad.
Aunque estuviera un poco nervioso, por todos los acontecimientos recientes, no creía por qué tener miedo de algo que viniera a toda velocidad por la carretera. Primero, porque sería la primera persona con la que se cruzaría en todo el extraño día y, segundo, porque era tan sencillo como meterse entre la maleza del arcén de la carretera. Después de todo, le parecía haber seguido llaneando durante todo el día y lo que llevaba de noche, así que, como mucho, se arañaría un poco entre las zarzas y los matorrales, pero se encontraría a salvo en los prados que fueron acompañándolo.
Por si acaso, y antes de que se produjera el encuentro, para tenerlo todo atado, lo comprobó. Si bien las estrellas daban algo de luz, casi suficiente para ver donde pisaba, el aire fresco que le llegó cuando empezó a meter la cabeza entre los matorrales lo asustó. Como acto reflejo, no dio el paso seguro que iba a dar, sino que tanteó.
No sabía cómo, pero ahí no había nada. Dónde estaba el suelo firme que tenía que haber es algo que no comprendía, pero que tampoco tenia tiempo para pararse a pensar en ello. Lo único que sabía en esos momentos con certeza era que no había y que, agudizando el oído, le pareció oír el sonido del mar.
Tal vez, tan obcecado estaba en caminar y caminar que, juntándolo con el agotamiento, ni se había dado cuenta de algún pequeño desnivel.
Con todo, la situación se complicaba un poco y el rugido estaba ya casi encima. Instintivamente, salió de nuevo a la carretera y, a pesar de lo destrozado que estaba, aligeró el paso.
Algo que sí percibió fue que llevaba ya un rato en el que había dejado atrás el montón interminable de curvas y ahora iba por una recta. Casi parecía un tópico, y en otro momento tal vez hubiera sonreído por pensarlo, pero cuando volvió a girar la cabeza, se le vino el mundo abajo porque, justo en ese momento, como si su propia mente lo hubiese creado, apareció un enorme camión a lo lejos, en la recta, a una velocidad por completo indecente.
En su cabeza, Dante sintió como se formaban las palabras “ya empezamos” y, pese al cansancio, intentó ponerse a correr. No era capaz de contar tan rápido la infinidad de pinchazos que sufrió en esos primeros instantes, pero tampoco tenía tiempo para pensar en ellos. Lo alejó todo de su mente, para dejar todo el espacio del mundo a correr. Ni siquiera miraba atrás, porque sentía el aliento de aquel enorme monstruo en la nuca, aproximándose a una velocidad terrible que hasta daba la sensación de que se movía el asfalto. No entendía por qué volvía a estar sucediendo, e incluso le cayeron lágrimas de rabia, pero ahora mismo no le quedaba otra. Correr, correr, correr… Cayó al suelo, se levantó, siguió corriendo… y ya casi no había distancia entre ambos. No podía más, llegó un momento en que fue incapaz de dar otro paso más. Trató de coger aire y luego se echó las manos a la cara, donde el sudor se le escurría entre ellas. Así pues, ahí terminaba todo: aplastado por un camión gigante en mitad de quién sabía dónde. Trató de erguirse para afrontar su suerte, pero ni para eso le quedaban fuerzas.
El camión se le echó encima como una exhalación y con un rugido ensordecedor, pero se quedó atónito cuando, en vez de impactarle como si fuera un diminuto mosquito, dio un giro brusco y pasó de largo. No sólo no se lo podía creer, sino que se quedó estupefacto, de piedra, sin percatarse siquiera de que unos metros más adelante se estaba deteniendo, con un chirrido de las ruedas y un olor a neumático quemado muy intenso.
Al cabo de un rato, Dante pareció salir de su estupor y se miró y palpó todo el cuerpo. Todavía no era capaz de formarse una idea de lo que estaba sucediendo. Se dio la vuelta y vio el camión detenido más adelante, aunque no vio nada más, puesto que ahora mismo estaba deslumbrado, después de haberse aclimatado a la oscuridad.
Todavía sin creérselo, dio unos pasos hasta llegar al camión y lo tocó, para ver si de verdad estaba allí. Avanzó con cuidado y asustado aún, hasta llegar a la altura de la cabina. Deslumbrado como estaba, no consiguió ver nada. Instantes más tarde, se bajó la ventanilla y apareció la cabeza de un tipo con barba.

“¿Qué, jefe, le llevo a alguna parte?”

miércoles, 14 de julio de 2010

En la playa

Como playa, era una playa cualquiera: arena y mar; como lugar, no tenía nada peculiar, no era especialmente pintoresco y, desde luego, nada amenazador.
Hacía sol, pero no era molesto. Tal vez una temperatura primaveral, amenizada por una brisa floja y fresca, que daba ánimos a las nubes para que se desplazasen mar adentro.
No obstante, nada de esto invitaba a Dante a levantar siquiera la cabeza. En realidad se sentía agotado y su, hasta hace unos días inexistente, instinto de supervivencia, le daba un respiro justo en un momento de tensión visceral en el que el cerebro había advertido de una explosión inminente, de obligarle a continuar haciendo horas extras, estando tan falto de costumbre.
Aproximadamente cuarenta y siete minutos más tarde (si es que alguien estuviera contando el tiempo que transcurría) se levantó. A pesar de no tener ningún tipo de magulladura, se sentía débil y cansado. Volvió la vista para darle la espalda al agua, temiéndose cualquier cosa, pero lo que vio no hizo más que tranquilizarlo. A pocos metros de donde se encontraba, un camino que cruzaba un prado bien cuidado, desembocaba en una hilera de casas de colores vivos que, aunque no estaban en esos momentos rebosantes de actividad, invitaban a pensar que en algún momento del día sí lo estarían.
Decidió seguirlo, pues allí, fuera donde fuese allí, no hacía nada. No se oía el ruido de animal alguno, sólo el sonido de aquella brisa tan gratificante.
Caminó con la tranquilidad de alguien que sale a dar un paseo matutino y pensó que sería una buena idea acercarse a las casas, aunque fuera sólo para preguntar dónde se encontraba… y cuándo. Porque ésa era otra: no tenía ni idea de cuánto tiempo había transcurrido desde que empezó todo. Podrían haber pasado horas, días, semanas… Necesitaba saber. Por eso, cuando llegó a la primera casa, llamó a la puerta y no hubo respuesta, se sintió, primeramente, decepcionado y, luego, intrigado. No parecía ser demasiado temprano.
Volvió a intentarlo de nuevo. Lo mismo. Se encogió de hombros y decidió probar suerte en la siguiente casa. Ninguna de las dos tenía las contraventanas cerradas, así que le empezó a parecer extraño que tampoco en esta le contestara nadie tras varios intentos. No perdió la esperanza, aún quedaban varias más. Que, después de un rato, comprobó que el resultado era el mismo.
Intrigado, Dante escogió una al azar y se le ocurrió que tal vez estuviera abierta la puerta, por lo que fue, giró el pomo… y la abrió. Ni siquiera estaban cerradas. Por si acaso, volvió a llamar, ya con la cabeza metida en la casa, pero la respuesta fue idéntica, así que entró. Dentro estaba más oscuro, con lo que tuvo que esperar a que sus ojos se aclimatasen para poder ver. No tardó en conseguirlo, gracias a la luz que entraba por las ventanas, así que no esperó más. Pero algo no iba bien. No sólo es que no contestara nadie. Es que allí dentro no había nada. Nada en la entrada. Entró en una sala. Nada, tampoco. Ningún mueble, ninguna alfombra, ningún utensilio, ninguna decoración. Otra sala. Nada. Subió corriendo unas escaleras. Arriba, lo mismo, Tan sólo puertas, todas ellas abiertas. Pero nada más. Ni siquiera signos de que alguna vez allí hubiera habido algo. En su cabeza se formó la idea de que el resto de las casas iba a estar de la misma forma. No obstante, salió y escogió, de nuevo, otra al azar… pero la encontró exactamente como la primera. Fuera, el silencio permanecía exactamente igual, alterado nada más que por la brisa.
Algo perplejo y defraudado, volvió al camino, desprovisto también de marcas que indicasen cualquier signo de vida, y lo siguió más allá de las casas. De cuando en cuando, se detenía a escuchar, pero no notaba cambio alguno. Estaba completamente extrañado, porque ni siquiera se oía el canto de un ave o algún insecto. Así estuvo un buen rato, caminando y deteniéndose, hasta que, a lo lejos, divisó una carretera.

lunes, 5 de julio de 2010

Al carajo

Cualquiera que le hubiera podido ver la cara en ese momento, distinguiría en ella una expresión de rabia, frustración, nerviosismo, histeria mal reprimida y de cansancio, tanto físico como psíquico.
Todo esto no le debería de estar pasando, él era un tío normal, que no se metía nunca en líos por su propia voluntad (aunque no tenía demasiada), que vivía un bucle diario de levantarse, comer, currar, comer, vegetar, volver a comer y dormir. La actividad más agotadora que podía llevar a cabo era levantarse de la cama o del sofá e ir reptando hasta la silla del ordenador. Podría decirse que era como tú. Podría decirse que era como cualquier humano medio del siglo XXI. Un ser con poca intensidad vital, aburrido y metódico en su aburrimiento, alguien con nula capacidad para desmelenarse y romper con la rutina, sin esperanza de sentirse realmente inspirado para dar un vuelco a años y años de hacer lo mismo y hacer salir al exterior un nuevo yo. O sea, un nuevo tú.
Y ahora, sin saber cómo ni por qué, veía cómo la luz que arrojaban las antorchas le hacían llorar los ojos, cómo le dolía la cabeza del fuerte golpe que le habían dado y cómo lo que había intuido como mujeres no eran exactamente mujeres. Entre los nervios, la tensión… la poca luz y lo inexplicablemente salido que estaba (¿quién puede pensar en sexo en una situación de vida o muerte que no sea un depravado?) no acertó lo que se avecinaba. Ahora, en cambio, se iba dando cuenta de su error y de lo que ello podría suponer. No. De lo que seguro iba a suponer.
Rompiendo la magia de esta infinita secuencia, la verdad es que la concentración de gente que había en la estancia no alcanzaba ni el 12% de lo que generalmente sería una relación aceptable de hombres/mujeres sexualmente muy alterados. Y es que, en su mayoría, a pesar de que de un primer vistazo, todo era muy prometedor, al final se había retorcido de una manera descontrolada. Allí no había más que pirulas. Y todas muy amenazadoras, por cierto. De repente todo se volvía mucho más negro de lo que ya estaba. Sudaba en frío. En ese momento, a Dante ya no le dolía nada, ya no le importaba todo el calvario anterior… En ese momento, a Dante le preocupaba un poco más el futuro cercano que el doloroso pasado. Porque, tal y como estaba la cosa, si le hubieran dado opción, se habría abrazado gustoso a un rollo de alambre de espino… oxidado.
Y con todo esto rondando por su cabeza y físicamente todo lo demás a su alrededor, la cosa es que se produjo un ligero destello y, de repente, Dante estaba tumbado en una playa, sin marcas en el cuerpo ni en la ropa… ni nada que reflejase por todo lo que había pasado, ya no sabía, si hacía horas, días o segundos, aunque lo recordaba todo. ¿O era su imaginación? ¿Se estaría volviendo loco? ¿Dónde estaba ahora?

miércoles, 19 de mayo de 2010

¡Trata de arrancarlo, Dante!

Y me pregunto yo: ¿qué puede tener de bueno despertarse un buen día (“buen día” porque la expresión es así, no me la he inventado) y descubrir que, además de atado de pies y manos, te encuentras en la no menos cómoda postura de “a veinte uñas” (más largas, sucias, pintadas, mordidas... es lo de menos en este caso)? Yendo más allá (el que está atado no, que se supone que no puede, sólo nosotros mientras divagamos), imaginad, qué sé yo, que habéis perdido la noción del tiempo y no sabéis cuánto lleváis con los mismos calcetines (se da por hecho que, además, la memoria os está fallando) y no recordáis siquiera si habíais puesto los que tienen un pequeño agujerillo o los nuevos (demos por hecho, nuevamente que, si no son nuevos, suelen tener agujerillos por el uso: y esto es así, que nadie se lleve las manos a la cabeza) o de si los gayumbos puedan tener o no frenazo a estas alturas (ojo, hablamos de despertarse, estar atados… ahí te has desmayado en algún momento y cuando eso sucede no controla el cuerpo nadie).

Pues de esta guisa que, a priori, tampoco sería muy descabellado imaginar que apareciésemos una mañana de domingo tras llegar de juerga (vete tú a saber qué tipo de juerga pero, oye, yo no salgo, no sé si eso puede ocurrir o no… ni con cuánta frecuencia).

La cuestión principal es (porque no me dejáis siquiera empezar: venga a dar vueltas y vueltas e irse por los cerros de no sé dónde, bajarlos y recorrer senderos luminosos llenos de luces de neón y pierdo el hilo argumental. ¡Ya está bien, cojones!) que una situación como la que pretendía recordar en el párrafo anterior (porque sé yo que nadie se acuerda ya del pobre Dante) resulta un tanto empalagosa. Ya no tanto porque tengas los dedos pringosos de estar jugando a cosas de papás y mamás con los yogures de chocolate, miel y nata, sino porque no augura un futuro en extremo complaciente. Vamos, sólo de imaginarlo ya se me hace a arruga en la corbata que no tengo.

Pues bien, decíamos de aquella que Dante se encontraba de esa guisa tras haber aparecido en un tiempo sin sentido y haber sido apaleado una y otra vez por diferente peña. Que no era poca cosa, ya que si, para colmo, hablásemos de otros seres, la cosa se habría puesto más cuesta arriba. No es lo mismo que te den golpes unos humanos que un minotauro, una rata-ogro o un ent, por mencionar razas chungas de otros universos con copyright. No obstante, lo último que recuerdo, de allá por el 2008, es que unas “lascivas mujeres” lo tenían por completo acorralado en una sala, mazmorra o habitación, en una tenebrosa penumbra (que alguien me diga qué penumbra no es tenebrosa y/o siniestra) y que Dante pensaba que las cosas iba únicamente de mal en peor. Y, si no lo pensaba, ya tardaba, porque lleva año y medio salvándose de la quema y eso no puede seguir así. Además me lo dijo, hace unos meses: “hostia, tío, menos mal que te olvidaste de continuar, porque se estaba poniendo chungo. De hecho, desde que aparecí, no me has hecho más que putadas”.

Supongo que esas palabras ablandaron mi férreo corazón por un tiempo, pero como vuelvo a ser el mismo cabrón de siempre, pues cuando tenga algún rato libre y me aburra, pues le daré con todo lo que tengo (que, así a mano, es el móvil, una mesa, el portátil, figuritas, un hostal entero, un armario, una mochila con pinturitas… vamos, variado).

Resumiendo: se supone que esta entrada ya iba a servir para continuar la historia, pero pfff… otro día.

lunes, 17 de mayo de 2010

Hazte fan

Decir tonterías es algo innato, espontáneo, sale casi sin pensarlo. De hecho, hay una cantidad horrible de gente que, directamente, no piensa… y no dice más que tonterías. Que conste que ni siquiera hay que mirar hacia la caspa política o a absurdos de la televisión para verlo, basta echar un ojo a nuestro alrededor y tenemos cientos de ejemplos, desde las nuevas generaciones hasta las antiguas.

Lo propio ahora sería hablar largo y tendido sobre la gente que dice tonterías “guays”, esos humoristas de toda la vida, efectivos y resultones, con quienes no paras de llorar de risa o gente nueva que salta al ruedo haciendo monólogos y movidas de esas que tanto se llevan ahora. Pero claro, para hablar de algo serio, conmigo, hay que pedir vez con mucha antelación. Uno tiene que mentalizarse y tal… y bah, no es plan. O hay unas cervezas a mano, o nada de nada. Y me estoy quitando, así que ya vemos por dónde van los tiros.

Que digo yo… que hacía bastante tiempo que no me pasaba por el blog. De hecho, va para año y pico (no tengo tanto conocimiento matemático para sumar tantos meses), será como 6 ó 15… no sé, sólo controlo (de números) que están en la parte de arriba en los portátiles, y en el lado derecho en los teclados convencionales. Ahora que lo pienso… no sé cómo he sabido distinguir lo de la derecha y arriba… ¿lo he dicho bien?

Como iba diciendo, en todo caso es un espacio de tiempo considerable para que haya habido muchos o pocos cambios, o bastantes, alguno, apenas, demasiados, ninguno… o algo. De entre todos ellos, si hubo varios, el más significativo, seguro que fue la intrusión masiva de toda la gente habida y por haber en el Caralibro, Feisbuk o como se le quiera llamar. El original es innombrable, pues seguro que algún tipo de copyright tiene. Eso, o que si lo pronuncias varias veces (insisto en que de números hoy ando errático) delante del espejo aparece alguna movida, como por ejemplo el inútil que diseñó esa mierda de logotipo cutre, que dudo que sea hasta logotipo. Que también me sorprende, porque hoy en día todo se distingue muy bien y muy rápido con un logo efectivo, llamativo, resultón… y van estos intrépidos y dibujan esa mierda con fondo lila, añil, o como carajo se llame ese puto color. Probablemente alguna tía sepa distinguirlo, pues tienen un registro inmenso, aunque yo prefiero pensar que no tienen ni idea, por eso se inventan nombres… o los copian de frutas y cosas así: color melón, color melón… ¡pero si son moteados! ¡Y por dentro tampoco es el mismo color! ¿A cuál se refieren?

Pues eso, que imaginaos que aparece el hábil diseñador del logo y te acaricia con papel de lija o te deja en la habitación mogollón de bolsas de la basura llenas de raspas de pescado de varios días… o que se quiere hacer fan tuyo. Por eso no hablo delante de los espejos, sólo pego alaridos de metal, que también invocan lo suyo, aunque sean cacofonías del más allá… o lo que yo creo que sea: golpes de los vecinos en las paredes, en el más acá.

En fin, que eso del “feis” está muy de moda, cosa que tendería a ser aburrido y carente de chicha o jugo (sólido y líquido, para que nadie se lleve las manos a la cabeza), pero es una movida tan resultona y divertida, que termina siendo un poco vicio. Una manera de socializar en red y de encontrar gente de la que hace siglos que no sabes nada. Que a lo mejor tampoco te importa gran cosa, pero que dices: “anda, qué curioso” y te pones al día. Al final siempre resulta agradable.

Al final no sé ni de qué carajo estaba hablando, qué raro… así que será mejor dejar el teclado este en paz un rato. Que, por cierto, es de los que tienen los números en la parte de arriba de las letras. No encima, encima, porque si no serían dos pisos de teclas, pero sí encima, al norte del “space” (o al sur si se pone al revés, aunque si se pone al revés lo mismo no se ven las teclas porque te molestaría la pantalla).

La cuestión es que ahora ya no hace tanto que no me paso por el blog.