domingo, 18 de septiembre de 2011

Un domingo cualquiera


“La línea que hay entre el bien y el mal es tan oscilante e impredecible como el contorno de una llama que baila al son del aire, y no la determina la media de nuestros actos, sino la relevancia de cada uno de ellos.”

(Se me acaba de ocurrir: 22-02-2011)


Efectivamente, por aquel entonces, casualmente ahora en el mismo hotel (creo que es hotel, aunque me entra la risa sólo de pensarlo) de la misma ciudad  y con prácticamente las mismas maletas, las mismas costumbres y la misma gracia que ahora, me dio por ponerme filosófico. Y también fue la última vez que me puse a pensar algo de Doorman, pero ese tema es un caso aparte. Soy víctima de mi propia creación, manda huevos. En serio, por más tiempo que pase o por más cosas nuevas que me atraviesen el hipotálamo como flashes, no se me ocurre cómo hostias continuar algo que a priori se me antojaba sencillo. En fin, da igual. Antes o después supongo que me llegará la idea tonta y volveré a ponerme con el bueno de Ramón.

Aunque no sea para decir nada en concreto, supongo que tenía que actualizar el blog en el que fue mi mayor infierno en un momento un tanto delicado y del que terminé saliendo a trancas y barrancas, pero saliendo. Y es que es cierto lo que se dice que tanto lo bueno como lo malo no son eternos, que todo va por rachas. Lo único que se necesita es paciencia y buscar alguna distracción.

Carajo, parece que fue ayer cuando tenía 31 años cuando, en realidad, fue antes de ayer. Vaya manera más bestial tuve de celebrarlo. Bestial porque fue una temeridad, qué manera de beber. Bueno, con decir que hasta bailé canciones de El Barrio y de Mónica Naranjo (creo recordar)… Supongo que necesitaba desmadrarme tan a lo salvaje.

En fin. Qué cierto es que las vacaciones sirven para hacer que te relajes y te olvides de lo cotidiano. Esta vez (currando nunca había tenido un mes entero y seguido para disfrutarlas) las ocupé completamente haciendo algo nuevo, algo que no sabía que pudiera ser tan alucinante, que me llenara tanto y que, además, me hiciera descubrir un mundo totalmente nuevo, lleno de gente increíble. Jamás habría pensado que algo como cabalgar el acero de Milwakee con dos pedazo de cilindros a modo de pulmones llegase a colmar todas las expectativas que uno pudiera tener de algo así e incluso sobrepasarlas. Llega uno, pues, a entender por qué hay tanta gente que hace de ello su modo de vida. A entender en parte, obviamente, ya que es un mundo que veo utópico e inviable teniendo en cuenta cómo funciona y se sostiene esta sociedad, pero tan sólo es una opinión, así que ahí se queda. Muy respetable, eso sí.

Pues precisamente por eso cuesta aún más volver a la carretera, a los aeropuertos y a rodar por la geografía. A veces pienso que lo mejor que te puede pasar durante las vacaciones es que te aburras. Al menos así llegas al trabajo y no te da tanto por el culo. Pero claro, te ponen delante un puñado enorme de entrañables chavales y chavalas, de locos jóvenes y no tan jóvenes, todas personas que comparten la misma afición para luego quitártelo de las manos y te entra el bajón. Normal. Y es que no puedo sino seguir alucinado, carajo. Os juro que es increíble. ¡Qué suerte haber podido entrar en el mundillo! En ese sentido, pues mandar un saludazo a la gente de ForoHarley, cómo no, aunque no son los únicos a los que me han acercado las motos.

Y ya que me pongo tan sentimental no quería terminar esta pequeña entrada sin acordarme de ti, Iris, ni de ti, Trizos… cada una de vosotras por cosas diferentes. Ambas significáis muchísimo para mí y sólo espero que recuperéis la gracia y volváis a estar a tope como siempre porque, egoístamente, os necesito de esa manera. No existe nada más hermoso que la sonrisa en vuestras caras, chiquitinas.

Pues nada, gente. Esta tarde de domingo sólo ha dado para esto. Aunque será más recordado por la conquista, nuevamente, del Eurobasket, lo más probable. La verdad sea dicha, a pesar de que empezaron dando mucha pena, los jugadores españoles se fueron poniendo las pilas y se han hecho con el campeonato. ¡Enhorabuena por repetir el título!

Saludos a tod@s.

domingo, 26 de junio de 2011

RE: Flexiones con una mano (la izquierda) en la espalda.


 Que Punset es un fuera de serie lo sabe cualquiera, hoy en día (eso... y que antes tocaba en Barón Rojo. Esto último es una suposición cachonda y sin venir a cuento, dadas las circunstancias. Ya sabéis que yo soy así). Pero es que me hace gracia un párrafo del prólogo de su último libro "Excusas para no pensar" que dice:

"Cuando haya concluido la lectura de este libro, al lector se le habrán sugerido nuevos caminos que, muy probablemente, le induzcan a cambiar de opinión y de vida. Sabrá explorar mejor las grandes incertidumbres que supuestamente le acosan. ¿Cuáles son esos caminos?"

Bien, la verdad es que se ve que el tipo disfruta haciendo pensar a sus lectores, así que no me quiero imaginar cómo tendré la cabeza cuando termine. Pero tranquilidad, que no me voy a centrar en este tipo.

No obstante, me llamó mucho la atención una teoría que defiende no poca gente acerca del origen del Universo y esas movidas. Resumiéndola, viene a decir que el Big Bang que “conocemos” no tiene por qué haber sido único. Y, menos, el primero. Es decir, que todo es un ciclo que se repite cada millones de años y que, en esta ocasión, nos tocó a nosotros aparecer.

Viene esto a colación (aquí ya empiezan mis propios pensamientos) de que, en realidad, en una escala muchísimo más pequeña, nos encontramos los individuos. Todas esas teorías universales se pueden aplicar a las personas, ciertamente. ¿Acaso no ocurre que la vida es como una onda que sube y baja, que se repite continuamente? ¿Que no todo depende de nosotros y que, aunque sólo sea por probabilidad, puede volver a darse? ¡Pues eso, joder, que pasa! A ver quién se atreve a decir que no.

Lamento si alguien esperaba leer algo del bueno de Ramón y no unas breves reflexiones fruto de que los médicos aconsejan hacer ejercicio (yo prefiero el mental al físico y el colesterol está de acuerdo conmigo, aunque la báscula no. Pero ella es una cosa que no tiene sentimientos, así que al cuerno).

Todo esto tiene que ver con el hecho de que me toca pasar una temporada más fuera de casa, aunque esta vez se trata de un destino que me hace poca gracia. Para una persona que no aguanta muy bien el calor, el desierto de Arabia tiene que ser el colmo de los despropósitos. Como lecturas positivas, saco el tener la oportunidad de conocer una cultura hermética y ancestral como la suya, el (quizá) ponerme moreno (sólo la cara, puesto que el resto del cuerpo hay que llevarlo tapado) y el adelgazar. Tal vez, una vez aclimatado, lo llegue a pasar hasta bien. Ver, veremos.

Pero, volviendo a los ciclos, siempre me pasa que antes de estos viajes largos, todo mi universo personal “se transforma como Optimus Prime, sólo que, en vez de camión a robot gigante, lo hace de zurullo macizo a diarrea. Y, como si fuera un punto de restauración de Windows, así lo reflejo en el blog. Para que no se me olvide.

Los omnipresentes Yin y Yan ejecutan su justa danza y ni se inmutan: dan por un lado y toman por el otro. Esta vez, y por eso pienso que el viaje será positivo, lo que me han quitado ha sido mucho más de lo que me han puesto entre las manos, lo cual es posible que me haya llevado a hacer cosas en el trabajo, por ejemplo, de las que luego puede que me acabe arrepintiendo. Es lo que le pasa a la gente que, como yo, no sabe callarse. Aún así, como paisano que soy, yo voy con mis ideas hasta la tumba, me lleve a quien me lleve por delante, aunque sea a mí mismo.

Eso sí, tal y como dejé en una entrada en el Facebook, os prometo que muy pronto colgaré algo más de Doorman (voy a tener tiempo libre en esta incógnita de viaje para pensar en algo chachi).
Aprovecho también para mandar un saludo muy grande al Miguel, que es como mi propio reflejo en un espejo y otro a la gente del Foro Harley, la cara amable de la moneda y un descubrimiento que espero dure mucho, mucho tiempo, porque sois una peña de puta madre.

¡¡¡ V’sss y birras congeladas para tod@s !!!

martes, 1 de marzo de 2011

Doorman 7: Colegas

Para Acu, un amigo de puta madre de esos que siempre están ahí.


A aquel domingo le siguió una semana muy larga. Todo lo acontecido en los últimos días había sido mucho, pero lo que había ocurrido en el mercado estaba pasándole factura a Ramón. Le costaba concentrarse en su trabajo y no había podido seguir progresando en el estudio de sus extraños poderes, que parecían haberle abandonado.

Él mismo se enfadaba cuando se daba cuenta de que estaba pensando en la propuesta de Salomón. Si bien era cierto que aquello podía generarle bastantes beneficios, no lo era menos el hecho de que también conllevaría una serie de riesgos y compromisos de los que difícilmente luego podría escapar, al menos, sin consecuencias. Cualquiera sabe que esa otra parte de la ley tiene unas reglas no escritas sumamente perjudiciales para la salud, cuyos efectos no desaparecen tomando sobrecitos de colores vivos y sabores que, a pesar de tantos avances científicos, aún van desde el repugnante hasta el horrible, pasando por el “esto no hay quien se lo tome”.

En el trabajo, más de lo mismo, la rutina de siempre. Ni siquiera una anécdota que comentar, nada relevante sucedía en el mundo que pudiera desembocar en un pequeño debate con los compañeros en el descanso, ninguna competición deportiva lo suficientemente interesante como para rellenar silencios incómodos con tópicos o con pullas contra los vencidos o los árbitros. Visto de esa manera, casi parecía un buen momento para suicidarse, pero simplemente se trataba de tener un poco de paciencia y esperar tranquilamente puesto que, antes o después, siempre terminaría sucediendo algo que rompiese la monotonía. De hecho, en poco menos de un mes empezarían a llegar los suministros para la campaña de navidad, así como los adornos, los carteles, los uniformes rojos que les obligaban a usar… y toda esa serie de porquería navideña que vuelve boba a la gente.

Siguieron pasando los días, con la novedad de que, poco a poco, mientras Ramón recuperaba el control de todo el desorden de su mente, su “afinidad” con las puertas volvía a responderle, cosa que le animaba a seguir aplicándose para descubrir nuevas formas de emplear el don. De entre todos sus progresos, el hecho de que ya no le costara horrores comunicarse con ellas y que no quedara exhausto en el proceso, era lo que más satisfecho le había dejado, y todo lo había estado apuntando concienzudamente con su nuevo bolígrafo digital, origen de todos sus rompederos de cabeza, en un cuaderno negro de tapas suaves que hacía poco le habían regalado. Por las noches, rendido, caía profundamente dormido en cuanto se echaba en la cama.

Con todo el tiempo que había transcurrido desde el suceso del centro comercial, que iba casi para los dos meses, a nadie le parecía extraño que ya no se les viera el pelo a los detectives que habían llevado el caso y, de hecho, tampoco era un tema de conversación que surgiera entre la gente que trabajaba allí. Era como si nunca hubiera sucedido nada. Y pensando en esto estaba, precisamente, Ramón, un día que salió a tomar un café a la calle en uno de los descansos y se encontró, de frente, a Paloma.


- Hola, Paloma, ¿qué tal? ¡Caray, parece como si ni siquiera trabajásemos juntos! ¡Nunca nos vemos!

- Ah, hola, Ramón, ¿cómo te va? Pues yo bien, por aquí, tirando…

- ¿Te apetece…?

- Uy, qué va, lo siento, no puedo, estoy muy liada ahora.

- ¿… un café? Bueno, nada, otra vez será.

- Hasta luego, Ramón.

- No, si del nombre, al menos, te acuerdas…

- ¿Eh?

- No, nada…


Y así iban pasando los días. No es que el tipo no tuviera vida propia fuera del trabajo, no. Claro que la tenía. De vez en cuando se juntaba con colegas de siempre. No lo hacían tanto como les apetecería, pero ya se sabe que las circunstancias de la vida imponen unos ritmos normalmente diferentes a los que uno se había planteado con antelación, y que terminan arrasados por otros que no habían sido tenidos en cuenta. Tal vez por eso, también es cierto, cuando coincidía con su vieja pandilla, se lo pasaban tan bien así que, al menos, tenían eso. De todas formas, las jornadas de trabajo eran bastante abusivas y, teniendo horario partido en el centro comercial, las quedadas se reducían prácticamente a los fines de semana. Y no todos, claro, pues si no había niños había parejas, o familia, o… en fin, lo normal que le puede ocurrir a cualquiera.

Un día que había salido pronto de trabajar llamó a uno de los amiguetes del grupo con el que se veía más a menudo y con el que tenía más trato, y quedaron para ir a casa de Ramón. Esa noche daban un partido por la televisión y, como había terminado de recoger pronto, le había dado tiempo a pasar por la tienda para comprar unas delicatessen y preparar una de esas cenas tan nutritivas, suculentas, dietéticas y prácticamente a la plancha que a nadie le gusta preparar de vez en cuando: las frituras. No hace falta decir que las tiendas de congelados son las grandes derrotadas en la vertiginosa carrera hacia las frivolidades y las micro-comidas de mil adornos que tanto daño están haciéndole a las grasas y al colesterol, pero siempre ha sido necesario partirle una lanza en la cabeza al tonto que inventó éstas últimas.

El caso es que el colega con el que había quedado ese día era el último bastión vivo y conocido que compartía con Ramón la angustia y el sufrimiento de ver el mundo enteramente dominado por las mujeres y sus cuidadosamente tejidos hilos de supremacía y, lo que era peor, bajo la inoperante mirada de los perros falderos que se creían sus semejantes, pero que no eran más que pobres siervos de su poder. Esto, sin embargo, no significaba que ninguno se dejara poseer de vez en cuando por las tentaciones femeninas, claro está, pero venía a ser como Blade®: el tipo es medio vampiro y tal, pero con unas sustancias que seguramente darían positivo en un control anti-doping, evita prácticamente el caer en el lascivo lado oscuro de la sangre, muerte y lujuria de los chupasangres. Prácticamente lo mismo. Con todo, les encantaba sentarse a debatir largo y tendido sobre cómo deshacerse del yugo opresor de las guerreras amazonas sin perder las neuronas en el intento… y también de cosas infinitamente más complejas, como por ejemplo, si freír antes las croquetas o los aros de cebolla, para que no se mezclasen luego los demás deliciosos sabores del resto de manjares, tales como los calamares, los nuggets… el sueño de todo buen y exquisito paladar.

Cuando el amigo llegó al piso aún quedaba un rato para que diera comienzo el partido, así que lo primero que hizo fue meter la cerveza en la nevera. Decir que un encuentro entre colegas no es tal si no hay cerveza, de eso no cabe duda. Es más, no hace falta que nadie lo mencione siquiera, porque llevar cerveza a casa de los amigos es algo que se da por supuesto. Negarlo es como negar la existencia misma de los peces o de los políticos, por poner un par de ejemplos. Después de eso, fue a la cocina para ayudar a preparar el tema alimentario con Ramón, que ya lo tenía allí todo dispuesto. Por fortuna para los comensales, la logística de días pasados había tenido previsto cualquier imprevisto por lo que, mientras enfriaba la nueva remesa de delicioso zumo de cebada, una nueva, gran y fría botella estaba en la mesa, hermosa y reluciente, cual doncella sacrificada a los dioses como en los cuentos de Conan®, ese otro gran tipo de la Historia que enseñaba la Verdad allá por donde él y su enorme espada pasaran.

Por lo tanto, llenaron sendas jarras de barro, alzó cada uno su cáliz y, como si hicieran golpear el yunque con el martillo, esgrimieron y chocaron sus etílicas armas mientras rugían: “¡POR LOS DE SIEMPRE!”, acompañados por el retumbar de un trueno en lontananza. Saben los dioses (si existen) que no hay momento ni ritual que hermane a dos seres humanos como este. Momento, también, que aprovecharon para controlar el aceite, que ya echaba los primeros hilillos de delicado humo, instante crucial para debatirse entre echar apresuradamente los ingredientes a la sartén o huir ante la tragedia en ciernes. Pero eso no podría pasar aquí, delante de dos experimentados cocineros.

Al cabo de un rato pequeño de tiempo, toda la pitanza estaba ya lista para poner a prueba los delicados estómagos de los hambrientos comensales, puntual ante el pitido inicial del árbitro del partido, que había tenido a bien dar paso al juego a la vez que a la cena (casualidad o no). Así mismo, una fina película de excelente aceite de girasol se repartía armoniosa sobre la zona de operaciones, asegurando así la impermeabilidad del mármol, de los azulejos y del suelo, y evitando que agentes externos dañasen las lisas superficies originales, cosa que, incomprensiblemente, vienen luego las entendidas a llamar suciedad, porquería, dejadez o quién sabe cuántas descalificaciones injustas más. Suerte que él vivía solo y no tenía novia.

Durante el partido, que estaban viendo en la sala del fondo (pero no muy al fondo, pues el pisito no tenía más de cincuenta y cuatro metros cuadrados… si los tenía. Y lo del fondo, era según se mirase desde la cocina o desde la entrada), hubieron de valerse de una improvisada mesa a base de sillas y cartones, pues tan triste era la vida de Ramón, que ni tiempo tenía casi nunca para acercarse a cualquier mueblería o contenedor (pagando o sin pagar) para adquirir algo más decente. En realidad sí lo tenía, pero nunca se acordaba de estas minucias hasta que le hacían falta, momento idóneo para lamentarse y echarle las culpas a la vida, al trabajo… y, por qué no, también para esto se podía incluir en la responsabilidad a las mujeres. Como detalle, visto desde el exterior, se podría apreciar que el lugar más privilegiado de la estancia no era para la gran pantalla de televisión, sino para el pedestal que sostenía en alto el portátil con el que apostaban en vivo desde internet, ese invento demoníaco creado por los dioses del vicio y del pecado, tentadores y perniciosos entes supremos que te quitan y te dan el placer a su antojo, pese a que uno ponga todo su empeño en cada empresa en la que se aventure. Y es que creían firmemente que no había nada como apostar para que un partido cobrase otra dimensión de entretenimiento e interés.

Con todo, el partido iba bien para sus fines, la comida iba bien para saciar su antojo y la bebida iba fenomenal para la sonrisa fácil. Todo eso antes del descanso. ¿Qué más se podía pedir? Sí, más cerveza. El problema es que ya la habían terminado toda, así que esperaron a que terminase el primer tiempo para bajar al bar a por más. Entretanto, mataban el tiempo hablando de sus cosas, comentando las novedades dentro de todos los círculos de amistades en los que se movían y charlando sobre el trabajo y la vida en general. Ramón no lo había planeado así. De hecho, ni siquiera se lo había llegado a plantear, pero luego lo pensó mejor y le contó al otro Ramón (sí, el otro tipo también se llamaba Ramón, pero todo el mundo lo conocía por “Flaco”) el tema del mercado. Le habló del tipo que se le presentó primero entre los tenderetes y de cómo le había llevado luego al garaje del viejo, donde conoció a Salomón y consiguió el bolígrafo. Lo que no le contó fue lo que le ofrecía éste, pero sí que le describió bien la especie de almacén de, a todas luces, material robado.


- Pero bueno, tío, cada vez que bebes cerveza es la misma historia: empiezas a hablar y no hay manera de que pares. ¡Mira qué película me estás contando!

- ¡Joder, pero si es como te lo cuento! ¡Alucinas! ¡Estaba tan tranquilo en el mercado, donde las pijadas para los ordenadores y se me acercó el fulano preguntándome si andaba buscando el Iris Notes® de marras!

- Vale, eso hasta podría ser posible porque te estuviera escuchando mientras preguntabas por él en los puestos, pero de ahí a toda la historia del garaje… ¡Anda, baja ya a por las cervezas, que me estoy quedando seco!

- Buf, tío, te lo digo en serio: esa mierda me ocurrió de verdad. Mira, ya sé lo que podemos hacer. ¿Vas a ir a algún lado el domingo? Pues quedamos y te lo demuestro. Y así aprovechamos y pasamos a comer el menú donde Jorge, que hace tiempo que no voy.

- Bueno, vale, ese plan ya me gusta más. Aunque a este paso vamos a reventar de tanta comilona. Habrá que salir a correr el doble de días la semana que viene para equilibrar.

- Esto… ¡Sí, claro! ¡Hecho!

- Y ahora, a por la cerveza. Ya le voy echando un ojo mientras tanto al resto partidos, peliculero.

- ¡Bueeeno, vaaale! ¡Pero controla, que estamos casi sin saldo!


Haciendo uso del refranero, alguien dijo alguna vez que la avaricia rompe el saco. Y luego mucha gente lo ha venido repitiendo a lo largo del tiempo. Pues bien, se ve que todavía hay gente que no lo ha aprendido del todo bien, con lo que, después de volver con la cerveza y beberla, de terminar de cenar, de sufrir con el cambio drástico en el marcador del partido y de quemar las últimas velas a la desesperada con otro par de partidos que se estaban jugando a la misma hora, el caso es que fulminaron todo el dinero que les quedaba en la cuenta de las apuestas y no acertaron nada. Entre eso y lo pegajosa que estaba la cocina cuando se puso a recoger, Ramón terminó por recuperar la sobriedad esa noche y el Flaco terminó marchándose tras el partido con la esperanza, al menos, de que el menú del domingo en el “Mesón Riachuelo” no tuviera fideuá de primer plato.

Más monotonía mediante, la semana siguió pasando también con la habitual calma, salvo por los planes de los Ramones para el día en que, por tradición, habría que ir a misa. Sería interesante ver la cara del Flaco cuando viese el berenjenal que tenía montado Salomón en aquel local inimaginable y, en cambio, a la vista de cualquiera. Es como las chuletas en los exámenes: cuanto menos se disimule y se intente ocultar, más difícil es que te cacen con ellas.

El domingo llegó y, como era habitual cuando no tenían algún tipo de compromiso con alguna mujer, conocida o sin conocer (todo dependía de la noche anterior y lo que en ella aconteciera), ambos madrugaron para ir a correr un poco por la mañana, excusa también para planificar el resto del día. La diferencia entre ambos solía ser que, al menos uno de ellos, se tomaba muy al pie de la letra lo de “correr un poco”, mientras que el otro se emocionaba y derrochaba la sagrada energía vital como si le pusieran una pistola en la cabeza obligándole a hacerlo. El resultado final, no obstante, era el mismo para los dos: cansancio. Tras lo cual, cada uno pasó por casa a pegarse una ducha y acto seguido, de nuevo a la calle, para tomar un par de cañas y bajar al tema del garaje.

Hacía bastante sol ese día y todo el mundo estaba en la calle paseando, en las terrazas o en los parques con los niños y, por supuesto, en el mercado. Había, incluso, mucha más gente que la última vez que bajó. Como se habían entretenido un poco tomando la cerveza, decidieron ir directamente a la zona donde Ramón había hablado con el hombre de Salomón, para tratar de localizarlo. Por allí estuvieron un rato, pero no había rastro alguno del tipo. Después de un rato dando vueltas y, viendo que la maniobra no estaba resultando muy efectiva, Ramón desistió y se lo comentó al Flaco.


- Joder, tío, no lo entiendo. O sea, por aquí fue donde me tropecé con el fulano el otro día, pero lo mismo hoy no vino por aquí o algo.

- Sí, o también puede ser que esté malo y haya pillado la baja, ja, ja. Anda, que no pasa nada, vamos hasta el Riachuelo, que a esta hora todavía pillamos mesa para darnos un homenaje.

- Que no, que no, que yo no quedo como un mentiroso ahora. Ya sé lo que vamos a hacer. Te llevo hasta el garaje y compruebas tú mismo que todo lo que te dije es verdad. Puede que este pollo no esté porque haya acompañado a alguien allí, como a mí el mes pasado.

- Bueno, vale, pero al menos vamos a salir de esta marabunta de gente, que ya me está agobiando estar aquí, con toda esta mezcla tan chunga de olores. Hasta el mismísimo Grenoille se volvería chiflado entre tanto perfume barato y tanto sudor.

- En eso tienes razón, sí. Joder, aquí tiras una bomba fétida y ni dios se entera.

- ¡Jo, jo, qué clásico, una bomba fétida! ¿Seguirá habiendo en alguna tienda?

- Fijo. Cuando estemos en el Riachuelo lo busco en internet, que pusieron wi-fi.

- Bueno, ¿por dónde vamos?

- Sígueme. Y no le toques el culo a ninguna tía, que a mí ya me cazaron tres, ja, ja.

- ¡Madre mía, qué mal andas! Si no fuera porque eso arruinaría tu vida por completo, te diría que te hacía falta buscar una novia.

- Bueno, se podría buscar, pero luego, ¿qué habría que hacer con ella?

- Uf, no me digas, a tanto ya no llego.


Tras esos momentos de sabia filosofía, que transcurrieron a la vez que caminaban intentando salir del gentío, pese a que esta doble acción conjunta pudiera verse como una proeza, llegaron a una de las calles paralelas en la que no había apenas nadie y siguieron avanzando hasta el otro extremo del mercado, más o menos como la vez anterior y después retomaron la calle principal para llegar hasta la esquina del callejón del garaje.


- Este es el callejón. Mira, allí está el portón.

- El portón… ¿el que está cerrado, dices?

- ¡Hostia, sí! Bueno, calla, vamos a acercarnos, ya verás cómo está el viejo.

- Sí, claro, y aparece atravesando la puerta cerrada. Mira, ¿ves aquel espejo roto tirado en el suelo? Si dices tres veces Candyman® también aparece un tipo. Pero ése te da el matarile. Casi como en los talleres de coches, pero un poco más literal.

- ¡Joder, pero qué faltoso eres! Picamos y fijo que abre.

- Y, si no, cogemos unas palancas y entramos por nuestra cuenta. Madre, ¿cuándo te vas a dar por vencido? A este paso nos cerrarán el mesón y acabaremos comiendo lo que sobró el otro día en tu casa.

- Calla, no jodas, qué dolor de estómago al día siguiente…

- ¿Y qué otro resultado esperabas?

- Ya, bueno, también es verdad. ¡Coño, pero qué rica sabe toda esa porquería, tío!


Después de insistir unas cuantas veces con el portón y de esperar a ver si alguien daba señales de vida, Ramón terminó dándose por vencido y, pese a sentirse muy extrañado por encontrar aquello cerrado, accedió a marchar e ir a comer. Eso sí, con la burla del Flaco en la nuca durante todo el trayecto de vuelta. No entendía nada. Debería estar abierto. ¿Cómo, si no, iba a volver a ponerse en contacto con Salomón, si quería volver por allí a comprar algo o si decidía hacer negocios con él? Hasta que recordó cómo: “Ya nos pondremos más adelante en contacto con usted. De hecho, estoy completamente seguro de que le sorprenderá la forma en que lo vamos a hacer.”

sábado, 5 de febrero de 2011

Doorman 6: Día de mercado

Es posible que no exista el crimen perfecto, ¿quién sabe? Lo que sí es seguro es que no tiene por qué haber investigadores perfectos para todo tipo de crímenes. Quiere esto decir que, en fin, quizá si hubiera un asesinato múltiple, un macabro asesino en serie suelto, una organización terrorista implicada en atentados, un experto ladrón inalcanzable o algo por el estilo, todo el mundo se pondría a trabajar en ello y se emplearían a fondo los más competentes en la materia y todo tipo de gente que de alguna manera pudiera dar un enfoque diferente a los modus operandi, a la psicología de los criminales o cualquier otro aporte que se pudiera , teniendo en cuenta la cantidad de ejemplos que hay, mismamente, en las series de televisión. Cualquier esfuerzo sería válido, incluido hasta el más ridículo. Por todo eso no es de extrañar que el aparentemente llamativo robo en el centro comercial lo investigara un par de detectives de poca monta y un chico que estaba en prácticas.

El caso en sí tenía su miga y los autores no habían reparado en ideas para que no se les pudiera descubrir, lo cual no hacía en absoluto fácil aquella tarea. Se habían preocupado de inutilizar las cámaras del centro sin que se les viera en ningún momento, de reducir a los guardias de seguridad, de pasar desapercibidos entre el resto de clientes y de introducir los artefactos que hicieron explotar sin que se notase nada extraño. De lo único que los detectives estaban completamente seguros es de que, al menos, había cuatro malhechores; a lo sumo, cinco. Quizá dos para el tema de las cámaras y los guardias y otros dos (o tres) para la ejecución del robo en sí, incluyendo las detonaciones.

Por lo demás, pocas pistas más se podían obtener, pues no se habían encontrado tipo alguno de huellas y los restos de las botellas de plástico no llevaban a ningún lado, pues eran modelos muy comunes y los ingredientes de tan suculento cóctel se podían conseguir en cualquier lado y de cualquier y anónima manera.

Así pues, no tardaron mucho tiempo en conceder que el caso quedaría en un punto muerto a no ser que volviese a ocurrir algo parecido en alguna otra parte. Sólo quedaba la posibilidad de que los ladrones cometieran el error de tratar de colocar el material en la calle todo a la vez, lo que haría que llamase demasiado la atención. No obstante, con las molestias que se habían tomado en el plan, no era muy probable que algo así fuera a suceder.

Además, el encargado no pudo aportar apenas nada, salvo una muy vaga descripción de su atacante que, en sus propias palabras, “ni era alto ni bajo y tampoco parecía muy fuerte, pero tampoco se le veía debilucho. Y ni siquiera me dijo nada, sólo me amenazó y me pidió las llaves de la puerta trasera mediante gestos”.

Porque ésa es otra. Se ve que, de la que entraron a las oficinas para reducir a los guardias, capturaron a su paso a Carámbano, al que mantuvieron callado mientras se encargaban de dormir al resto y luego lo emplearon para salir por la puerta trasera.

Podría decirse que los detectives habían llegado a la conclusión de que los atacantes sabían qué se encontrarían allí dentro, pues en esos momentos, que coincidía con la hora del bocadillo, no había nadie en el resto de cubículos. Lo que no se terminaban de explicar era como, pese a tomarse tantas molestias en la operación, habían dejado la puerta de la entrada a las oficinas abierta, tal y como les había explicado Ramón cuando le preguntaron por todos los detalles que recordase.

Y había otro detalle que no les pasó por alto, pero para el que no habían encontrado aún explicación: para poder cerrar las puertas y las persianas metálicas del centro comercial, había que introducir un código numérico que sólo Carámbano conocía, en el cuadro de mando que estaba en la pared, fuera de las oficinas, y él juraba que en ningún momento había ido hasta allí. Y que, de hecho, el cierre se llevó a cabo cuando él ya se encontraba fuera del centro comercial. Si aquello había sido obra de los atacantes o no, seguiría siendo un enigma hasta que les dieran caza. En cualquier caso, todo aquello les llevaría un tiempo largo y toda la imaginación de sus precarias mentes, acostumbradas a lidiar con casos más sencillos ya que aquella no era una ciudad especialmente conflictiva.

Durante el tiempo que duró la investigación, las cosas en el centro comercial habían vuelto a la normalidad. Se había emitido un comunicado oficial en los medios de comunicación en el que se hablaba de un fallo eléctrico que había tenido como consecuencia la avería en varios aparatos que originaron un cortocircuito y que, a su vez, había desencadenado tres pequeñas explosiones, pero que ya se había reparado la avería y se habían tomado las medidas apropiadas para que no pudiera volver a ocurrir. Medidas completamente fiables, certificadas por una empresa externa y todos esos procedimientos burocráticos orientados a asegurar el correcto funcionamiento del sistema, tanto en el papel como en la parte práctica.

La cosa es que todo había vuelto a la normalidad y la clientela había ido apareciendo poco a poco hasta que, en menos de una semana, prácticamente se había olvidado todo el mundo de lo que había ocurrido.

En cuanto a Ramón, él también había dejado un poco aparcado el tema, pues no era él un tipo al que le gustase obsesionarse con algo que no fueran las mujeres. Había escogido lo más sencillo, que era volver a su trabajo en la sección de lencería, con el desfile continuo de damas y damiselas en busca de sus prendas más íntimas y de los consejos de un hombre para resultar más coquetas o para sorprender a sus parejas. Llegados a este punto, cabría decir que Ramón era un Gran Profesional, en mayúsculas, y que jamás hasta entonces (y para continuar así) había intentado flirtear con sus clientas (lo de aquella que le gustaba y que guardó su nombre para buscar por internet no contaba), a pesar de esa vocecilla que todo el mundo oiría en su cabeza diciéndole: “¡hazlo, hazlo!”

Sobre el tema del robo y demás, a veces en casa le daba alguna vuelta para ver si podía llegar a alguna conclusión, pero nada más, sobre todo porque siempre estaba muy ocupado con sus cosas, fueran cuales fueran y que ahora no vienen a cuento (ahora, más tarde será otro cantar). Ni siquiera lo había vuelto a comentar con Paloma.

Por su parte, a ella le habían dado un par de días de baja por el golpe y todo lo sucedido y, cuando había vuelto a trabajar, apenas se habían dirigido la palabra, tal y como había sido hasta entonces. Realmente nunca habían tenido trato. No es que lo ignorase por alguna razón en concreto, simplemente era que cada uno tenía su vida y también unos compañeros con los que se trataban más y pocas veces antes habían interactuado entre ellos.

Sí hubo un día que amaneció muy soleado y se encontraron fuera en el descanso que tenían para el bocadillo, pero simplemente tuvieron una conversación trivial, de esas que luego uno se siente igual de vacío que antes de haberla tenido. Hablaron del tiempo, él le preguntó cómo se encontraba por el golpe, comentaron cómo estaban yendo las ventas en ambas secciones y en general… pero nada más. Después, cada uno se había ido a atender sus asuntos.
Fue pasando el tiempo y el suceso fue quedando más y más en el olvido, hasta tal punto que los casos que les correspondían a la pareja de detectives (y al novato) se les iban amontonando, relegando día a día al del centro comercial al puesto más alejado del principio de la pila, tanto por relevancia, como por importancia y, sobre todo, porque seguían sin encontrar una buena pista. No había duda de que el caso se iba a dar pronto por perdido o, en cualquier caso, lo acabarían tratando de ignorar.

Un fin de semana, casi un mes más tarde, iba Ramón por la calle dando un paseo, aprovechando que esa mañana hacía calor y el cielo estaba despejado. Hacía ya tiempo que no salía los fines de semana por las noches, con lo que despertaba con mucha más gracia al día siguiente y podía madrugar, lo que aprovechaba para ir a hacer ejercicio al parque que había cerca de su casa. Después se permitía ir a tomar algo por ahí, antes de comer, así que ese día tocaba. Acababa de estar con un par de amiguetes que hacía tiempo que no veía y, después de haber dado cuenta de un par de cervezas en una terraza, se habían despedido prometiéndose la llamada de rigor para quedar un día con más tiempo… y que todo el mundo sabe que nunca se hará (otra de tantas convenciones extrañas que se emplean para ser “correctos” y educados).

Iba por ahí sin rumbo fijo hasta que se acordó de un mercadillo que había en la zona vieja de la ciudad el primer fin de semana de cada mes. No tenía prisa ni nada que hacer, así que se dirigió hacia allí, a ver qué encontraba.

Era un mercadillo de lo más variopinto donde se mezclaban comidas de diferentes zonas de la región, ropa, artesanía, música y literatura, con cosas más mundanas como chatarra, herramientas, antigüedades y coleccionismo en general. Desde hacía relativamente poco tiempo, también habían ido apareciendo cosas más modernas como aparatos electrónicos (desde telefonía móvil y reproductores de audio o video hasta cualquier cosa relacionada con la informática: software, hardware, periféricos…). Ocupaba una plaza enorme, un parque y un par de calles adyacentes que se cerraban al tráfico y absolutamente todo se llenaba de puestos y de gente. El ruido que se generaba en aquella zona de la ciudad durante el mercado era ensordecedor, y el tránsito era harto complicado. Pero, aún así, cada vez acudía más y más gente de todas partes, siempre dispuesta a rebuscar y encontrar chollos y gangas, ofertas y… bueno, cualquier cosa que a uno le pudiera interesar.

Porque, además del mercado físico que allí había, sabiendo dónde buscar, se podían encontrar muchas más cosas que no estaban necesariamente a la vista. Es evidente que todo este “rastrillo” era bastante exclusivo, lo suficiente como para que las autoridades no pudieran conocerlo ni localizarlo, pero cualquiera que fuese discreto y serio podía acceder a él. Allí se podía encontrar gente que ofrecía cosas bastante corrientes y a buen precio, pero que resultaba ser, a su vez, una especie filtro o tapadera, para saber si se podía confiar en el supuesto cliente. En cuanto se superaba esa “prueba”, todo un mundo de artículos robados, nuevos o no, se abría ante quien desease hacerse con buenos productos a excelentes precios, siempre y cuando no importase la procedencia ni el hecho de no existir tipo alguno de garantía en los mismos. Evidentemente, todos estos artículos no estaban físicamente en el mercado, y el sistema para adquirirlos no era sencillo pero, irónicamente, era la manera más fiable de comprar algo bueno de verdad.

Ramón había oído hablar no hacía mucho tiempo de un bolígrafo que era la hostia, pues lo que escribías con él en un papel, automáticamente pasaba al ordenador, sin falta de teclear y pudiendo disfrutar de su propia caligrafía en documentos. Se le había ocurrido que le podría ser muy útil para tomar notas y apuntes de todos sus progresos con los superpoderes, para tenerlos todos recopilados y poder estudiarlos. Pero lo había estado buscando en un montón de tiendas y, donde lo conocían, que no era en todas partes, no lo tenían. Hacía semanas que se habían agotado en todas partes y no se sabía cuándo lo repondrían, ni siquiera el propio fabricante. Aprovechando que en aquel mercado parecía haber de todo, se acercó a los puestos en los que podría haber posibilidades, pero no estaba teniendo tampoco suerte allí.

A punto había estado de darse por vencido cuando escuchó por detrás una voz que parecía dirigirse a él.


-         ¿Te gusta el Iris?

-         ¿Cómo? ¿Disculpe? ¿Qué si me gusta Iris? ¿Quién es Iris?

-         No, le he preguntado si le gusta “el Iris”. El Iris Notes ®. ¿No es lo que ha estado usted buscando en esos puestos?

-         Eh… sí, sí, pero… ¿me ha estado siguiendo? ¿Quién es usted?

-         Bueno, hombre, eso no importa. Verá, yo le puedo conseguir ambos. El normal y el ejecutivo.

-         ¡Vaya, eso sí que es una sorpresa porque parece que hayan desaparecido todos de la faz de la tierra! ¡Ni en Internet se consiguen!

-         ¿Quién sabe? Se habrán puesto de moda… El caso es que yo tengo. Y se los puedo dejar a buen precio, si le interesa.

-         Pero… 

-         Sí, adelante, pregunte lo que quiera.

-         ¿Dónde tiene…?

-         Bueno, bueno, acompáñeme un momento y le sacaré de dudas.


Estuvieron caminando un rato, saliendo por la otra punta del mercado y luego doblaron una esquina y se metieron en un callejón poco transitado. Decir que Ramón se estaba poniendo un poco nervioso ante la perspectiva de un atraco, una paliza o algo parecido era quedarse bastante corto, pero el tipo se dio cuenta y de inmediato lo tranquilizó. Además habían llegado a la entrada de un viejo y muy sucio taller, abierto a pesar de ser fin de semana. Entraron y vieron a un hombre mayor, vestido con una funda y lleno de grasa y aceite, que estaba desmontando el motor de un destartalado coche rojo, casi imposible de identificar. Alzó la vista, vio a la pareja y gruñó, sacudiendo la cabeza, y les hizo un gesto indicándoles la parte de atrás del taller.

Hacia allí se dirigieron, pasando entre otro par de coches, montones de piezas y chatarra, hasta que llegaron a una puerta. El individuo que le había llevado hasta allí llamó varias veces y espero. Al momento, se escuchó el sonido de varios cerrojos abriéndose y, por último, la propia puerta.

Cuando entró, Ramón se quedó completamente impresionado. No sólo por lo grande que era y lo limpia que estaba aquella estancia, lo cual parecía imposible siendo parte del taller del viejo… sino por el material que había allí perfectamente almacenado y ordenado. Había de todo y se veía completamente nuevo. Cámaras de fotos, de video, portátiles, teléfonos de última generación, los últimos modelos de las más impresionantes pantallas de televisión, equipos de sonido para casa, para el coche… Parecía la sección de Paloma en el centro comercial, pero a lo grande. Y, detrás de una mesa, al fondo, había un tipo hablando con otras cuatro personas más. Se dirigieron hacia allí tranquilamente, aunque la verdad es que, por dentro, Ramón era todo un manojo de sensaciones. No tenía ni idea de cómo esa gente podía tener todo eso allí sin que nadie se enterase. De hecho, ¿cómo podía ser que nunca hubieran elegido mal al comprador y que resultase ser un policía de paisano o algo parecido? O un chivato. Incluso tal vez un ladrón que se hubiera dado de bruces, de repente, con un tesoro en bruto, listo para ser rescatado. Era increíble.

Pensando en todas estas posibilidades llegaron a la mesa, donde el hombre que la presidía despidió con un gesto a los cuatro con quienes había estado hablando después de haberle dado un fajo considerable de billetes a uno de ellos. En ese momento, Ramón se percató también de la presencia de dos armarios empotrados que bien podían haber pasado por estatuas, pero que respiraban tranquilamente en las esquinas de la pared del fondo, a distancia prudencial del que parecía manejar el cotarro, pero no lo suficiente lejos como para no poder encargarse de cualquier tipo de eventualidad y asistirlo. De paso, desde donde se encontraban, también controlaban que nadie se pudiera pasar de listo por los pasillos, entre las estanterías repletas de mercancía. Fue el tipo el primero en hablar.


-         Bien, ya veo que la fortuna te ha sonreído y que has conocido mi “tienda”. Por aquí me conocen como Salomón. ¿En qué puedo ayudarte?

-         Bueno, yo… no estoy muy seguro de qué hago aquí, la verdad. Estaba en el mercado buscando algo por curiosidad y su hombre me trajo aquí.

-         A eso nos dedicamos, don…

-         Ramón.

-         … don Ramón. Usted busca algo y nosotros lo encontramos para usted.

-         Pero, permítame el atrevimiento, su mercancía…

-         … no le parece legal del todo, ¿verdad? No se preocupe. Tiene usted toda la razón del mundo. Material robado, de contrabando, falsificaciones… La idea es que, para tener dinero que puedas poner en circulación, lo primero que hay que hacer es conseguirlo de alguna manera y, luego, blanquearlo. Seguro que también se ha preguntado cómo es que nadie nos ha venido a cerrar el negocio, aparentemente. Pues la razón es muy simple: fíjese en los precios de mis artículos. ¿Quién le diría que no a cualquiera de ellos costando tan poco? Aquí todos ganamos, don Ramón, y la gente no es idiota. Por supuesto que ha venido la policía por aquí, pero ya ve, seguimos al pie del cañón.

-         Lo que no acabo de entender es por qué tomarse tantas molestias para mostrarme su negocio por algo tan insignificante como un bolígrafo como el que busco.

-         Me gusta usted, don Ramón, es un hombre que piensa. Y tiene razón, por supuesto, no nos hemos hecho grandes a base de vender bolígrafos. Ni siquiera por vender tres o cuatro pantallas gigantes de televisión. Pero sabemos dónde trabaja usted y podría sernos muy útil, llegado el momento. No, no piense mal, no le pediríamos que robara para nosotros o algo así. Con un poco de información extra nos sobra para manejarnos por nuestra cuenta. Y… ¡oh, vamos! ¿A qué viene esa cara de incrédulo? ¿Pensaba que estas cosas sólo ocurren en las películas o en las novelas?

-         Sin palabras me ha dejado, señor Salomón, no esperaba nada de esto, claro…

-         Tranquilo, amigo, no se preocupe por todo esto que le estoy diciendo. Mire, esto es lo que vamos a hacer: usted buscaba un artículo. Perfecto. Mi hombre se lo traerá ahora mismo y yo se lo regalo. Así de simple. Y no hace falta que me conteste si le interesa lo que le he contado. Ya nos pondremos más adelante en contacto con usted. De hecho, estoy completamente seguro de que le sorprenderá la forma en que lo vamos a hacer.

-         De eso no me cabe duda, por lo que estoy viendo.

-         Pierda el miedo, don Ramón, no somos matones ni una banda de Baltimore. Ni siquiera una organización internacional de traficantes. En tiempos de crisis cada uno se busca la vida como puede. Ya ve que ésta es una manera más. Y voy más allá. Aún recuerda lo que pasó en su centro comercial hace cosa de un mes, ¿verdad? Aquellos chicos eran unos aficionados y a punto estuvieron de meter bastante la pata pero, mire, ¿ve lo que hay en esa estantería de ahí? ¿Le suena de algo?


Al poco rato, el hombre que lo había acompañado hasta allí y del que todavía no sabía su nombre, apareció con el Iris Notes® en la mano. Mientras se lo entregaba le dijo:


-         Aquí tiene lo que buscaba. El modelo ejecutivo, por supuesto. Merece la pena, la verdad. ¡Cójalo, hombre, que es un regalo, de verdad! Sin trampa ni cartón. Y, como le ha dicho el señor Salomón, piense si le interesa entrar en nuestro círculo de una manera sutil, sin falta de implicarse apenas.

-         Otra cosa más antes de que se vaya – dijo Salomón -. Como le dije antes, usted parece un hombre inteligente. Y tal vez se pregunte también cómo, si sabemos tanto de usted, le pregunté su nombre. Era tan sólo una pequeña prueba. Para ver qué respondía, ya sabe. En fin, mi hombre le acompañará fuera. Ha sido todo un placer. Ojalá nos volvamos a ver pronto para hacer negocios. Que tenga un buen día.

-         Adiós…


Una vez fuera, volvieron a atravesar la toda la chatarra y a ver al viejo mecánico, que seguía a lo suyo, ignorando a todo el mundo. Ya en la calle, el hombre que lo había acompañado hasta allí le preguntó si deseaba que lo llevara a alguna parte, oferta que Ramón, aturdido por todo lo acontecido, declinó, alegando que le vendría bien caminar un rato para despejar. Desde luego, necesitaba hacerlo. Y pensar en todo aquello con tranquilidad. ¡Qué locura…!

lunes, 24 de enero de 2011

Doorman 5: Oficinas

Las oficinas se encontraban en la otra punta de esa misma planta y allí convivían: administración, ventas, recursos humanos, finanzas y seguridad. Al igual que en cualquier otra empresa, ésta era la zona más pequeña y con menos gente pero, a la vez, la más misteriosa, espantosa, temerosa y tenebrosa. Por supuesto, como en todas partes, los empleados temían siquiera acercarse y, cualquier llamada que viniera de allí, sólo podía significar que había algún problema del que no podrían librarse, como quien va de pesca en una chalupa de tres al cuarto un día que ve unos nubarrones bíblicos en el horizonte y suelta la perla de: “eso son cuatro gotas” y luego terminan haciendo surf sobre gigantescas olas de tropecientos de metros y hundiéndose, no faltaba más. Como opinaría el viejo lobo de mar de los Simpsons ®: “¡Arrr!”

No obstante, con todo el lío que se había montado, y viendo que todo el centro comercial estaba ahora desierto, no les quedaba más remedio que ir allí para tratar de averiguar qué había pasado exactamente o, en todo caso, encontrar alguna pista.

Por tanto, atravesaron los pasillos que previamente había recorrido Ramón hasta llegar de nuevo al departamento de deportes, donde dejó el palo de golf, un bonito hierro 9 que sacó de un juego de seiscientos euros en oferta. Ya no tenía la menor duda de que no lo iba a necesitar y no quería que nadie le pudiera acusar de robar en su propio lugar de trabajo (la excusa que jamás le daría a su compañera era que no tenía ni puta idea de jugar a golf, ya que por todos es sabido que un hombre jamás reconocerá sus carencias ante una mujer, siendo además, las posibilidades de que esto suceda, inversamente proporcional a la confianza que tenga con ella).

En otro orden de cobardía, cabría decir que tampoco pasaron siquiera cerca de la sección de lencería, meditada jugada en la que se eliminaba de un solo golpe cualquier intento por parte de Paloma de hacer algún otro chiste fácil sobre el puesto de trabajo del bueno de Ramón. No obstante, la entrada principal (que se encontraba justo al lado de “sus dominios”) era lo suficientemente grande como para verse desde el pasillo que estaban siguiendo.

Como también es sabido por todos que no hay detalle que una mujer pase por alto (Doorman acabará más adelante con fuertes jaquecas, está claro, pero sólo un genio es capaz de anticiparse a todos los movimientos del mundo femenino antes de que sus mentes inquisitivas, perversas y retorcidas busquen con mordaz mala uva ese punto de la Estrella de la Muerte®, que es el Universo Masculino, por el que lanzar sus misiles y destruirles toda posibilidad de parecer que son quienes llevan los pantalones en casa).

¿Cómo lo consiguen? Nadie lo sabe, pero el caso es que DB se fijó en que las puertas estaban cerradas a cal y canto y las persianas metálicas bajadas, lo que le llevó a realizar inoportunas pesquisas (cómo no, siempre encuentran la manera, el resquicio, esa diminuta mancha de calimocho en tu cazadora cuando tenías 16 años por la que tu madre te dice: “¡tú has bebido!” y ya estás perdido, digas lo que digas, aunque pienses que: “No fui yo. Yo no bebo. Fue un amigo que sí bebe y me salpicó” sea la respuesta más ingeniosa del mundo y te vaya a salvar de las hostias y el castigo).

Es por todo ello que Paloma puso en marcha los engranajes del diálogo, ahora un poco mejorada después de recuperarse del ataque de los malhechores:


- Uhm, esa puerta… ¿cómo es que está cerrada?

- Esto… alguien lo haría, claro.

- Pero, ¿cómo? Estamos solos y el mando y el código para hacerlo está por la parte de dentro.

- Lo habrá hecho el gerente y se habrá ido, como todos los días, por la puerta de servicio.

- ¿Y por qué no se ha asegurado de que no quedaba nadie dentro antes de hacerlo?

- ¡Joder, yo qué sé! Se habrá puesto nervioso.

- Típico de los tíos. De todas maneras, Carámbano no es de los que se acojonaría con tanta facilidad.


Sí, Carámbano es un mote. Como si ahora nadie le pusiera apodos a sus jefes. El caso es que el Señor Vázquez era un jodido hueso, un tipo de lo más frío cuando entraba a trabajar, pero que a medida que pasaba el día suavizaba su glacial aura para terminar las jornadas pareciendo prácticamente un ser humano. Vamos, la propia definición de carámbano, para que se entienda.


- Pues ni idea, a lo mejor hay algún otro dispositivo de seguridad nuevo que…

- ¿Y que se active por un mísero robo?

- Bueno, nadie sabía que se trataba de un robo. Además, recuerda las explosiones.

- Minucias. Pienso llegar al fondo del asunto. Esto es de lo más extraño.

- ¿Por qué sois todas así? ¿Todo tiene que tener una maldita explicación? ¿No puede haber ocurrido porque sí o por la razón que sea y ya está?

- ¡NO!

- Pero…

- ¡No hay peros!

- ¡Ay, qué duro se me va a hacer esto de ser un superhéroe mientras me junte con mujeres…! (esto lo pensó, no lo dijo. Aún no le había sacado de quicio del todo como para cometer los errores que tendría una mente poco entrenada en estas lides. Evidentemente, alguien que brega a diario en su sección con chicas, es como quien va al gimnasio y se acaba poniendo fuerte o como quien va mucho a la biblioteca, no para ver chicas que van a estudiar, sino para culturizarse y aprender un montón de cosas dudosamente útiles).

- Oye, DB, ¿por qué no dejas a un lado la jodida puerta por un momento y nos centramos en ir a las oficinas para ver qué ha ocurrido?

- ¡Oye, conmigo no te pongas gallito! ¡Y vigila ese lenguaje!

- Perdón…

- Eso está mejor. Bueno, está bien, vayamos a ver la garita de los seguratas.

- Caray, qué carácter, qué sangre fría, qué… qué… ¡joder, cómo me pone! (¿Es necesario decir que esto también lo pensó nada más?)


Por tanto, siguieron caminando por la red de pasillos hasta llegar al fin (¿quién lo diría?) a la puerta de las oficinas. Ésta se encontraba entreabierta, otro efímero detalle que no se le escapó a ninguno de los protagonistas, pues Carámbano jamás se olvidaría de cerrarla al marchar ni por asomo. No obstante, se asomaron, pero no se oía nada.

Entraron con sigilo (como en las películas) y fueron comprobando cómo en cada uno de los cubículos (que no cubiles, como los de los dragones) no había ni un alma y las puertas estaban abiertas de par en par. Vieron, además, que los ordenadores seguían encendidos y todo estaba revuelto (lo justo) como si alguien se hubiera largado a todo correr, lo cual entraba dentro de la lógica, por aquello del pequeño caos que se formó hacía ya un buen rato. Incluso el misterioso maletín del jefe de Recursos Humanos estaba aún allí donde siempre lo dejaba, cerrado.

Continuaron hasta el fondo, pues a escasos metros estaba la puerta de los de seguridad, y ambos percibieron algo raro en el aire a medida que se acercaban, como si de pronto se sintieran un poco más cansados, somnolientos. Se miraron el uno al otro, como tratando, en silencio, de comprobar si ambos habían sentido lo mismo (aunque él tenía también otras razones adicionales, que ahora no venían a cuento, para hacerlo).

Llegaron hasta la puerta y, de nuevo en silencio, como si de una compenetrada y experimentada pareja de aventureros se tratara, asintieron con la cabeza a la vez y entraron en tromba en la oficina.

Los tres tipos de seguridad estaban allí tirados, uno en el suelo, y los otros dos en sus sillas y con las cabezas sobre la mesa. Rápidamente se acercaron a ellos para tomarles el pulso comprobando, aliviados, que los tres respiraban con normalidad. No obstante, también se dieron cuenta que seguían sintiendo cómo la cabeza se les hacía más pesada y se les cerraban los ojos.

En un golpe de lucidez, Ramón echó un veloz vistazo a la habitación hasta que encontró lo que buscaba: una botella abierta. Inmediatamente, aun con las fuerzas ya mermadas, se acercó a ella y la cerró, advirtiendo a Paloma de que no debía respirar y que se tapase con algún pañuelo, lo que también hizo él mismo. Acto seguido, salió fuera con la botella y la arrojó bien lejos (de hecho, la estampó contra el expositor de la sección de automoción, donde trabajaba un tipo que le caía muy mal. Por aprovechar y tal) y luego regresó para abrir todas las puertas (a mano, como los simples mortales) para que hubiera corriente y se ventilase todo aquello.


- ¡Éter! ¡Los ladrones emplearon éter para dormir a los guardias!

- Seguro que uno de ellos era mujer, para tener una idea tan sencilla y brillante.

- Será pendeja…

- ¿Perdona?

- No, que ya despeja.

- ¡Que mente tan brillante la de esa ladrona!

- Y tú eso lo sabes… ¿Por qué eres su compinche o qué? También hay tíos lo suficientemente inteligentes para tener una idea así.

- Sí, claro, y yo tengo poderes.

- ¿Sí? ¿Los tienes? Yo…

- Tú lo que eres es tonto, Ramón. ¿Cómo voy a tener poderes? No serás uno de esos frikis que leen cómics y juegan a rol, ¿verdad?

- Eh… claro que no, joder, ¿acaso piensas que tengo dieciséis años, soy un inmaduro y no tengo vida social por estar todo el día delante del ordenador haciendo dios sabe qué? ¡Por favor…!

- En fin, olvídalo. Entremos ahí y despertemos a los guardias, a ver qué nos pueden contar. Por cierto, me he fijado en las pantallas y ninguna de las cámaras de seguridad estaba funcionando.

- Supongo, entonces, que el asalto empezaría aquí, neutralizando a esos tres vagos a la hora del bocadillo. Pero, ¿cómo se las arreglarían para llegar hasta ellos sin que los vieran en los monitores? ¿Neutralizarían primero las cámaras o a los guardias? ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?

- ¡Ay, madre! ¿Con quién me junto yo?

- ¿Dime?

- No, que eso mismo me pregunto yo…


Mientras tanto, fuera del centro comercial, las aulladoras sirenas de la policía, bomberos, ambulancia y quién sabe de qué más (todas parecen iguales) se acumulaban en el parking, ante las puertas cerradas. No tardarían en entrar con los equipos de asalto, arropados por la más que probable marabunta humana que se habría dado allí cita. Que, por otra parte, es lo que suele pasar en las películas, así que por qué no iba a ocurrir en aquel mundo de locos.

La verdad es que no se habían parado a pensarlo, pero no sería muy difícil explicar qué era lo que hacían exactamente ellos allí dentro con todo cerrado. Paloma tenía una excusa perfecta y, Ramón, podía decir cualquier tontería que se le pasara por la cabeza. Incluso que estaba en el baño cuando todo sucedió y no le dio tiempo a salir. Cualquier cosa serviría para cubrir su verdadero secreto.

Ya volvían en sí los guardias del centro comercial cuando los equipos de seguridad derribaron la puerta trasera (que también estaba cerrada, pero en este caso, con llave) y entraron montando una escena, como si de un auténtico comando de élite se tratara, con sus chalecos antibalas, cascos, escudos y armas, dispuestos a reducir a… bueno, no había nadie, así que se iban a quedar con las ganas.

Cuando los desilusionados agentes del orden salieron de nuevo y dieron el lugar por despejado, entraron los servicios médicos, que ya se dirigían hacia donde estaban la pareja y los seguratas. Allí mismo se dieron las explicaciones oportunas a las autoridades y asistieron a Paloma a consecuencia del golpe.

De todas maneras, cuando todo se fue calmando y se quedaron solos fuera del centro comercial, se sintieron un poco desilusionados por no haber sido capaces de sacar nada en claro de todo el asunto ni de haber podido conseguir muchas pistas. Que tampoco era algo que a Ramón le importara gran cosa, pero parecía que a Paloma le había sentado muy mal que le hubieran golpeado y que la cosa se fuera a quedar así por el momento. Tenía muy claro que ella iba a hacer algo al respecto. Y, por supuesto, ante esta situación, a él no le quedaba más remedio que echarle un cable si quería… bueno, si quería ser útil.

lunes, 3 de enero de 2011

Doorman 4: Compañeros.

Cualquiera que haya pasado alguna vez por un centro comercial o por cualquier otro lugar donde tengan puertas automáticas sabe, de una u otra manera, que entre que se activan los sensores y se abren por completo las hojas, pasa un tiempo delicadamente largo comparado con el no muy veloz paso humano. Quiere esto decir que, como la cosa vaya un poco acelerada, varias teorías de la física acuden rápidamente al lugar de los hechos, como cuando a uno le entra un apretón, que también pasan cosas rápidamente. Quizá demasiado, de vez en cuando.

Por eso, cuando Ramón vio la escena, una cantidad significativa de neuronas tomaron las riendas del recinto cerebral y le comentaron que era posible que hiciera falta que se pusiera puertas a la obra. Expresión, por otra parte, que tenía que buscar la manera de recordar (se le había ocurrido el día anterior), para ser tan guay como los superhéroes de los cómics que lee, que tienen frases de esas y las sueltan con desparpajo y un ligero matiz narcisista cada vez que se les presenta una buena ocasión y, sobre todo, hay más gente delante.

Así pues, en un alarde de reflejos a la altura del más rubio, esbelto y afeminado elfo, invocó su poder y, haciendo cuernos en dirección a las puertas, las abrió con suficiente antelación como para que no ocurriera ninguna desgracia.

Decenas de personas pasaron como una exhalación por su lado sin ni siquiera percatarse de su presencia, asustados como estaban y temiendo por sus vidas, lo cual le venía bien para sus propósitos, pues ya había decidido que no quería dar a conocer públicamente sus habilidades, y haciendo uso de ellos, únicamente, desde las sombras del anonimato. El mundo no estaba preparado para alguien como él (probablemente).

El caso es que, una vez que hubo pasado el último cliente, se retiró tras el mostrador de su sección y desde ahí volvió a poner a prueba sus poderes, haciendo bajar la verja exterior de seguridad, para que nadie pudiera entrar en el recinto. De esta manera ya podía cometer la locura de aislar el foco de todo aquel jaleo… consigo mismo como única barrera que le hiciera frente.

Así pues, mientras cerraba todo a cal y canto lanzó una mirada rápida hacia donde parecía haber dado todo comienzo, aunque no alcanzó a distinguir nada, lo cual lo hacía todo más extraño.

Armándose de valor se dirigió, lo más silencioso que pudo, hacia el meollo, pero dando antes un pequeño rodeo a través de la sección de deportes, donde se le ocurrió que podría hacerse con un palo de golf. Estaba bien eso de hacerse el valiente pero, llegado el caso, una pequeña ayuda siempre era de agradecer y no había ninguna regla, escrita o no, que dijera que en una pelea contra el Mal hubiera que ser honorable o estar en igualdad de condiciones. Que eso es muy heroico, romántico, lírico… y también muy estúpido. Además lo había visto hacer en una película, lo cual verifica que es el correcto paso a seguir, pues para este tipo de cosas no exageran nunca y recrean siempre la pura realidad.

Desde que la gente había abandonado las instalaciones, todo estaba en calma y no se escuchaba ruido alguno. Nuevamente, su espíritu de elfo amortiguó el ruido de sus pisadas y fue acercándose poco a poco a la sección de electrónica.

Llegados a este punto, cabría preguntarse por qué no había acudido nadie de seguridad, pero ése sería un asunto a resolver más adelante: Doorman era un auténtico, genuino e increíble (literal) superhéroe, pero no podía estar en todas partes a la vez.

Anduvo por varios pasillos más, atravesando otras tres secciones desde la de deportes, teniendo especial cuidado al llegar a los pasillos transversales, pero todo estaba desierto. Al cabo de un rato, que le pareció eterno llegó, por fin, al espacio abierto de electrónica, donde suponía que todo parecía haber dado comienzo. Dobló una última esquina con toda precaución y se quedó un instante sorprendido, al ver a una de sus compañeras tirada en el suelo y con un hilo de sangre en el suelo, a la altura de su cabeza.

Miró en derredor y, al no ver ni oír a nadie, echó a correr hacia la chica. Llegados a este punto, decir que en absoluto es cierto que se fuera fijando en su culo mientras se acercaba. Cuando llegó a su lado comprobó que aún respiraba, así que se relajo e intentó reanimarla, si bien en esta ocasión tampoco nadie podría decir que sintiera una siniestra motivación extra por el hecho de ser… una mujer. No fue hasta que la compañera recuperó la consciencia cuando se dio cuenta de un par de pantallas enormes de televisión que estaban tiradas en el suelo, así como, un poco más allá, un equipo de música y, al fondo, lo que antes habían sido varias cámaras fotográficas.

Volvió a centrarse en la chica (al fin y al cabo, siempre termina uno haciéndolo, aunque jamás se admita), que ya empezaba a incorporarse mientras se palpaba el lugar de la cabeza de donde le había brotado la sangre, dándose cuenta de un bulto considerable debido a un fuerte golpe que recordó le hubieran asestado.

- ¿Dónde está todo el mundo? ¿Qué ha pasado?

- Bueno, yo esperaba que me lo dijeras tú.

- Joder, lo último que recuerdo es ver a un tío colocando algo sospechoso entre las cámaras digitales. Fui a llamarle la atención y entonces recibí un buen porrazo en la nuca, pero ya no recuerdo más.

- Supongo que después de eso vendrían las explosiones.

- ¿Explosiones?

- Sí, hubo tres. Pequeñas, pero mi mente detectivesca ha deducido que fueron las que destrozaron todos esos aparatos e hicieron que la gente huyera despavorida hacia la salida de la ropa interior.

- ¿Quién es la salida…?

- La puerta de salida que está donde la sección de ropa interior. Mi sección.

- Ah, qué susto. Pero, ¿tú…?

- Sí, hija, sí, este uniforme no lo uso por placer.

- Oh, entiendo. ¿Y le ha sucedido algo a alguien? ¿Ha salido todo el mundo?

- Sí, yo mismo organicé como pude el desalojo de la gente, que me costó mucho trabajo porque la estampida humana fue increíble y muy peligrosa.

- ¡Caray, qué valiente! Fantasma

- ¿Eh?

- No, eso, que me entusiasma. Que lo hayas conseguido, vaya.

- Ah. Je, gracias.

- Y, bueno, ¿tú te encuentras bien? ¿Te duele mucho el golpe?

- El golpe un poco, pero me duele más el orgullo. No sé cómo me pudieron pillar así de desprevenida.

- Normal, eres una tía

- ¿Cómo?

- Que normal, digo, que tienes hasta herida.

- Ah, creí haber entendido…

- ¿?

- Nada, déjalo.

- Te quiero.

- ¿Qué?

- No, que… eh… que te quiero preguntar tu nombre, que no te conocía. ¡Y eso que somos compis!

- Cáspita, perdona, será el golpe, que me ha dejado algo atontada.

- Ejem.

- ¿Sí?

- No, carraspeaba.

- Ah, ¿de fumar?

- Ya lo he dejado. Con esto de la nueva ley…

- Entiendo. Pues nada, me llamo Paloma, pero mis amistades me llaman…

- ¿Pop Corn?

- ¡Oh, nos has salido héroe modesto y gracioso! ¡Bravo! No, me llaman DB.

- ¿Como los cómics?

- De Be.

- Ah, yo soy Door… Ramón. Por cierto, ¿por qué te llaman DB?

- Es una larga historia. Tal vez te la cuente un día, hombre-lencería.

- Muy graciosa tú también… En fin, volviendo al asunto que tenemos entre manos… ¿no recuerdas, tal vez, qué te llamó la atención del tipo que viste? ¿Qué hacía?

- Pues… tenía en las manos algo. Como… como una botella de plástico, o algo parecido.

- Uhm… eso suena a las típicas “bombas caseras” de agua fuerte y tal…

- Podría ser, sí. Pero menudas explosiones, para dejar todo eso así. ¡Hey, espera un momento! ¡Se han llevado los portátiles! ¡Y la estantería de los Iphone ® está vacía!

- Joder, pues armar todo este tinglado para llevarse eso… ¡menudos frikis! ¡Qué gente más rara anda por el mundo, pardiez!

- Y, a todo esto… ¿dónde están los de seguridad?

- ¡Rayos, me había olvidado por completo de ellos! ¡Y las cámaras de vigilancia! ¡Vayamos a su garita! Y enrollémonos

- ¿¡Perdona!?

- Eh… Y busquémoslos, he dicho.

- Vale, sí, de acuerdo, vamos.

Y, así, la pelirroja de electrónica y nuestro superhéroe de ropa interior femenina se pusieron en marcha hacia el cuarto de los vigilantes, para ver por qué no habían aparecido y, de paso, revisar la grabación de las cámaras para acudir a la policía y dejar que ellos se encargaran del asunto…