jueves, 3 de agosto de 2023

Conversaciones estáticas

—A ver, no sé el resto, pero yo llevo horas oyendo como una especie de murmullo que me tiene la cabeza loca porque no sé de dónde sale. ¿De verdad que no lo oís?

—Hija, como somos pocos aquí... Muy fino tienes el oído tú. O eso, o que con tantos golpes como llevas ya se te ha ido la pinza del todo.

—Bueno, sí, otra vez estamos con la misma cantinela. Llevo los mismos que vosotras, listillas. Vosotras los repartís más por la simple lógica de que sois más, vale, pero llevamos los mismos. Y, joder, dicho así parece maltrato. Cualquiera que os oiga podría pensar en quién sabe qué y aquí no se está hablando de eso de ninguna manera. El problema radica en que no hay otro verbo que pegue bien ahí en ese contexto.

— ¡Ja, ja, qué tía! Golpear, pegar... ¡Tú lo que estás es obsesionada! A ver si vas a ser una fetichista de esas, que además vas siempre vestida con rejilla...

—¡Y vuelta la burra al trigo! Ya le pedí al colega que lo buscara en Google y no hay más sinónimos adecuados. De hecho, el único verbo que vimos que pudiera acercarse es «percutir» y me niego a utilizarlo porque es el que emplean a veces los comentaristas del fútbol y me chirría en boca de esos cenutrios tanto o más que cuando alguien araña una pizarra. Sobre la vestimenta, pues pondré lo que me dé la gana, faltaría más.

—Ya nos gustaría saber cómo es que sabes tú eso, si no has visto una pizarra en tu vida.

—Bueno, joder, es un decir. Son frases hechas, de algún lado habrán salido, ¿no?

«Frases hechas». Y seguimos inventando cosas. ¿Cómo van a estar las frases, si no? ¿O puede haber una frase deshecha? Si no está hecha no será frase, digo yo. Bueno, nosotras. Perdón.

—Siempre me hacéis lo mismo, siempre os desviáis para embarullarlo todo, da igual el contexto. ¡Qué manera de tocar las pelotas! Vamos a centrarnos, ¿queréis? Estaba hablando del murmullo. Obviamente, cuando todo el mundo se pone a hablar pues no se oye apenas, pero cuando hay algo de silencio, ahí está. Si hasta parece que sea alguien pidiendo ayuda.

—Que te lo confirme tu coleguita con internet, que es tan listo. Pues que sepas que es un anticuado y un cascarrabias, que sigue con el Windows7 y ya no admite actualizaciones. Por más que se autodenomine «vintage», no es más que un triste nostálgico con achaques constantes.

—Vaya, ese ataque de celos sí que no me los esperaba. ¿¡A que no os llevo la próxima vez que vayamos a jugar!?

—I qui ni is llivi li príximi viz...

—¡Buf, como baje de la percha os meto un raquetazo...!

—¡Callaos todos, que se acaba de despertar Ramón y viene para aquí! Ja, ja, vaya pintas que trae. Este sí que tiene el disco duro perjudicado. ¡Y el wi-fi!

El fulano entró en la habitación dando tumbos y golpeándose contra todo, incapaz de abrir siquiera los ojos por temor a la brillante luz que entraba por el Velux. Si hubiera cortina habría podido al menos mitigar la claridad, pero hasta para eso era un desastre: meses llevaba ya sin arreglarla y no parecía que aquello fuera a cambiar en un futuro próximo.

Tropezó con la silla, se golpeó contra la esquina de una de las mesas, tiró al suelo una caja con muñecos de la que se llevaba la mano al costado por el dolor y, finalmente, chocó contra un bulto que estaba cubierto de ropa. Al menos no olía a tabaco, como cuando se podía fumar en los bares. ¡Qué puto asco de época, rediós!

Abrazó allá como pudo el montón de prendas, giró con cautela para que el cerebro no se le saliera por los orificios faciales y, antes de salir de allí, aún tuvo tiempo de resbalar con unos calcetines que descansaban plácidamente en el suelo. Un suelo que no besó de milagro, porque bueno, estaba jodido, «pero controlaba».

Segundos más tarde pudo oírse cómo el colchón de la otra habitación lanzaba un alarido quejumbroso cuando Ramón se dejó caer de nuevo encima de él.

—¡Oh, joder, al fin! ¡Ya no podía aguantar más sin respirar!

—¡Hostia! ¿Habéis visto eso?

—¿El qué? ¿Al zombi de Ramón?

—¡No, joder! ¡Los murmullos! ¡No eran murmullos, era la bicicleta estática, que no podía ni hablar, debajo de toda esa ropa!

—¿Dónde has visto tú una bicicleta estática? ¡Joder, pero si ahí hay una bicicleta estática! ¿De dónde ha salido esa bicicleta estática? ¡Creíamos que era un perchero!

—¿¡Cómo que perchero, desgraciadas!? ¡Si tuviera ruedas iba ahí y os pinchaba, a ver cómo botabais luego! ¡Y mira con qué pelos me hablan, las muy antipáticas! ¡Pero si ya no servís ni para jugar con un cachorro en el parque! ¡Joder, qué ganas de que me vuelvan a llevar al salón, por lo menos allí hay libros con los que charlar!

—Si es que no tenéis tacto, mirad que os lo tengo dicho. Ya que tenemos que convivir, qué menos que mostrar más amabilidad y tratar de llevarnos lo mejor posible todos. Mirad a la puerta, por ejemplo. Nunca tiene una mala palabra, siempre saluda, es sencilla, agradable...

—¡Meca, por alusiones! ¿No os conté lo que se me ocurrió el otro día para echar unas risas? Resulta que me vino a la cabeza una broma para gastarle a Ramón. ¿Veis que algunos fines de semana llega así de aquella manera cuando sale de juerga? Pues había pensado que de la que se levantara dando tumbos —como los de hoy, mismamente— podría hacer que tropezara conmigo y se llevara un coscorrón, que ya sería divertido de la hostia, pero luego se me ocurrió que, además, le hablase. Sí, ya sé que es como romper ciertas reglas sagradas pero, ¿os lo imagináis, creyendo que le estuviera hablando una puerta? ¡Ja, ja, sería la rehostia!

—Mira, ahí tienes a tu querida y recta puerta, tan santa ella. ¿Pues sabes que te decimos? ¿¡A que no hay huevos!?

Mientras comía con los colegas hice un boceto chungo de lo que podría ser el texto. Lo siento mucho por la gente que se dedique a esto, pero yo, con sidra y desparpajo, pinto chungo del carajo.





sábado, 29 de julio de 2023

Historia parece, interminable no es.

         Había llegado agotada a casa al anochecer, tras una dura jornada de estudio, deporte y trabajo en la ciudad, y lo único que deseaba ahora era descansar. En cuanto cerró la puerta de la calle se descalzó y luego se dirigió al baño arrastrando los pies cansados. Abrió el grifo de agua caliente y se fue despojando con hastío de la ropa que había llevado puesta casi todo el día —arrojándola al suelo— mientras se llenaba la bañera.

Durante un rato largo estuvo metida entre espuma y agua, tratando de relajar sus músculos agarrotados, hasta que consideró que ya había tenido suficiente. En cuanto terminó, se acercó a la cocina sin preocuparse de recoger nada porque seguía con la mente dispersa y preparó sin mucha gana una cena ligera. Luego se fue directa para la cama, dispuesta a devorar un extraño libro que le había regalado una de sus amigas. Lo había empezado hacía tres noches y no veía la hora de reanudar su lectura, como si estuviera embrujada, pues era tal la intensidad de la narración que la había dejado embelesada tras las primeras páginas. Sólo necesitó alcanzar ese recuerdo para que la niebla de su cerebro se despejara.

Debía de ser cerca de la medianoche cuando la muchacha comenzó a leer. Aquel libro le ayudaba a evadirse de la monotonía diaria que suponía acudir a la misma hora a los mismos sitios, mismas tiendas, mismo trabajo... Sólo por eso ya merecía la pena estar ante aquellas hojas, aunque su lectura le resultara extenuante. Tanto era así que un rato más tarde ni siquiera se dio cuenta de que había empezado a sudar ni de que incluso su ritmo cardíaco había aumentado.

El reloj no detenía su viaje. Un violento golpe de la claraboya hizo que la muchacha regresara al mundo ahogando un grito y que permaneciera unos instantes con sus enormes ojos negros abiertos de par en par, dirigiendo su mirada hacia la ventana.

Fuera, enormes nubarrones que presagiaban tormenta surcaban el cielo a toda velocidad y su espesura impedía la entrada en la casa de la luz de una luna que observaba, impasible desde su posición, el paso del tiempo.

Tras unos instantes un tanto angustiosos consiguió recuperar el dominio de sí misma y se levantó de la cama para asegurar el cierre del tragaluz.

Las sábanas se deslizaron por sus esbeltas piernas con el movimiento y el débil fulgor de la bombilla permitió contemplar unas sugerentes braguitas bajo la amplia camiseta. Se dirigió hacia su objetivo haciendo crujir, con sus pies desnudos, la madera del piso superior de aquella casa centenaria que había heredado de su fallecida abuela.

Cuando llegó pudo observar cómo se sucedían los rayos, muy seguidos y fulminantes —pero aún lejanos— en su descenso hacia el valle. Aunque estaban a mitad del verano sintió que tenía frío, así que se apresuró a cerrar el ventanuco. En aquella parte de la habitación el haz de luz apenas servía para hacer retroceder a la oscuridad, lo que sumado al susto de hacía un momento, le hizo decidir que allí no se sentía muy tranquila, así que regresó rápido a la cama, al amparo del libro. Había algo en él que, aunque no lo sabía describir con palabras, la enganchaba irremediablemente. Así pues, se volvió a acomodar y, cuando estuvo preparada, retomó la lectura.

Al cabo de unos minutos, su imaginación volvió a desplegar por completo sus alas y alzó el vuelo. Podría asegurar que ella misma fuera la protagonista de aquella absorbente novela. Tanto era así que las venas de las manos resaltaban en su piel por la presión que sus dedos imprimían por momentos en las tapas del libro, y el calor —otro tipo de calor— se había apoderado del resto de su cuerpo, haciendo que también regresaran las sinuosas gotas de sudor. No obstante, se aferraba a la lectura como si su vida dependiera de ello. Estaba totalmente inmersa en la historia. ¡Vivía esa historia!

Y así fueron pasando las horas una tras otra, hasta que por fin el sueño hizo mella en su espíritu y apareció el primer bostezo. Intentó resistirse un rato más, pero su sentido común, aunque muy mermado, se impuso a sus deseos y terminó por cerrar el libro y dejarlo en la mesita. Ya tendría tiempo para seguir disfrutándolo la siguiente noche. Consultó el viejo reloj y se asombró de la hora: eran las seis y media. Una suerte que esa mañana no tuviera que madrugar, porque de lo contrario tan sólo le quedaría por delante apenas una hora antes de que la rutina regresara a su vida, implacable.

Recordó con una sonrisa en los labios a la amiga que le había regalado el libro y se sonrojó al pensar qué le diría ella si la viera en esos momentos, aún excitada y con las braguitas mojadas. Tras este pensamiento, cayó profundamente dormida.

Fuera, la tormenta había amainado y ya despuntaba el alba.

miércoles, 26 de julio de 2023

Demasiado tarde para comprender

             Lo que no sabía era que su vida fuese a resultar tan corta. Nadie se lo había explicado. En realidad, tal vez quiso el azar que nunca nadie hubiera tenido la delicadeza de tan siquiera intercambiar un par de palabras con ella. Se sentía sola, muy sola. Y ciertamente lo estaba, de no ser que paradojas de la vida la rodeasen constantemente otras muchas como ella, todas igual de amenazantes en su letal silencio, sin que ellas mismas lo supieran... aún. Quizás estuvieran hibernando. ¿Quién sabe? La cosa es que un día, sin más, alguien las movió de sitio sin consultarlo siquiera con ellas y se las llevaron lejos. Muy lejos. No obstante, la distancia era un concepto ajeno a su comprensión. ¿Qué importaba, entonces?

            La separaron de sus compañeras. Fue entonces cuando se dio cuenta de su inmenso poder, de su única y macabra utilidad. Hasta ahora había tratado de averiguarlo, pero siempre había sido en vano. Sucedió durante un instante, mientras surcaba el aire, justo antes de cumplir su mortal cometido. Sin tiempo para asimilarlo, atravesó limpiamente carne, hueso, cerebro, de nuevo hueso y otra vez carne, todo ello de la misma persona, liberando tras de sí un torrente de líquido rojo, caliente, que huía desbocado de aquel cuerpo ya sin vida a través de un limpio orificio, resultado de su funesta incursión. Se sintió muy mal consigo misma. No obstante, ella también sucumbiría en breves instantes, cuando terminase de rodar por el suelo polvoriento. Eran tiempos de guerra.

viernes, 22 de mayo de 2015

Tú no mandas; ellos, sí.

Supongamos un día cualquiera. Y, aunque carezca de importancia para lo que sigue, imaginemos que el sol se ha animado a salir desde bien temprano, con lo que pudiéramos situar la historia en cualquier parte que no sea el Norte. Nunca viajéis al Norte. Nunca hace buen tiempo. Mayormente, incluso llueve. Y es horrible. Cualquier noticia, en cualquier medio, diciendo que suben las temperaturas, o que está para ir a la playa, miente. Esas cosas sólo suceden en la costa mediterránea. O en el Sur. Pasad vuestras vacaciones allí. Creedme, en las regiones septentrionales ya hay gente bastante. A veces, incluso, es una odisea pedir en la barra del bar, así que imaginad si aumenta el aforo. ¡Un sindiós!

A lo que íbamos. En este marco supuestamente idílico nos encontramos en una habitación, prácticamente a oscuras, salvo por los impertinentes rayos lumínicos que entran por las rendijas que dejan las persianas (esto habría que revisarlo, porque no existen persianas que se ajusten completamente, que yo creo que los fabricantes lo hacen a propósito... aunque no sé de qué. Es más, apuntaría a que son unos de los primeros trolls de la Historia moderna). Si uno hubiera permanecido en esa instancia un buen rato, pongamos que espiando, o algo más siniestro e improbable (¿más?), y se hubiera acostumbrado ya a la penumbra, descubriría que allí había dos cuerpos. Aclarado esto, y ya estando todos situados en la escena, comenzamos.

   - Hum... ¿Qué? ¡Hombre, no me jodas! ¿Ya es de día? ¡Madre mía, qué pereza! Pereza... y, ahora que lo pienso, hambre. Y mucha, de hecho. Aunque aquí se está de lujo, todo hay que decirlo. Venga, tampoco vayamos a dramatizar tanto. Puedo aguantar perfectamente un rato más aquí, tranquilamente, y ya tendré tiempo más tarde de satisfacer una de mis grandes pasiones. Je, je, una detrás de otra, por supuesto, qué cosas tengo. Pero bueno, sí que primero me apetece comer.
Pese a que la imagen sí que podía parecer idílica (y no tendría por qué no serlo), el audio ya era otra cosa. Lo normal hubiera sido, tal vez, algo como el "mute" del mando a distancia, pero no. Más bien parecía el monólogo de un jabalí entusiasmado.

   - Bueno, ahora ya sé por qué me he despertado, al menos. Desde luego, alguien debería advertirle de su zoantropía. En fin, lo dicho, un ratito más durmiendo no me hará daño. Ya me ocuparé luego del resto.

Pasado un rato, que no sabría cuantificar, volvió a despertar, ahora con más hambre, pero mantuvo la calma. Por experiencia, sabía que no servía de nada agobiarse en estos casos. La gente tenía otros ritmos de vida, y todo era cuestión de tener paciencia y esperar a que los engranajes del mundo girasen hasta hacer "clic". Su "clic". También es cierto que él no era ningún filósofo, así que, qué demonios, tomó las riendas y se deslizó hasta la chica.

   - Desde luego, a esta tipa le pueden dar las tantas, si no es por mí. Y todos los días le pasa lo mismo. Estoy empezando a pensar de que es masoquista, o algo. Porque siempre con la misma cantinela... En fin, no sé. Le molará, supongo. Pues nada, al lío. Lo que no sé es qué hacer hoy: ¿me tumbo cerca y tiro suavemente de su ropa? ¿Hago algún ruidito? ¿Le doy un manotazo? Je, je, je... ¡Manotazo, manotazo, sin duda! Además mola, porque ni se enfada. Que me lo hicieran a mí. ¡Ja, iban a flipar!

Con paso decidido y la malicia mañanera característica, se acercó a la chica y sonrió. Tal vez no como estamos acostumbrados, quizá de una manera distinta, pero con un poco más de luz se habría podido apreciar.

   - A la de una, a la de dos, y... ¡a la de tres!

Sandriux art&desing
Modelo de reloj animalógico. Dibu de SandriuX art&design

¡Plas! Ni caso, la chica permaneció impasible, a lo suyo, concentrada en el mundo de Morfeo.

   - ¿Cómo? ¿Que no despiertas? Te vas a cagar. ¡Ráfaga de golpes, lluvia de tortas, ventisca de pescozones!

¡Pim, pam, pim, pam, pum! Y aún tardó un rato pero, finalmente, abrió los ojos. Bostezó y murmuró y, cuando se percató de su nuevo estado, sonrió de manera un poco estúpida.

   - ¡Ay, qué tontito él, cómo le gusta despertarme con mimitos! ¡Ven aquí, peludito mío! ¿Dónde está lo más guapo y listo del mundo?

   - En serio, humana, deberías hacértelo mirar. O sea, te acabo de despertar a porrazos porque me aburro y tengo hambre... y aún me haces carantoñas. Es increí... ¡ay, sí, detrás de la oreja, mmm! Te tengo bajo mi más absoluto cont... ¡oh, qué delicia, por favor, me encanta por el cuello también! ¡Bueno, basta ya! ¡Maldita sea, a veces mira que soy débil!

Tan rápido como se quedó quieto para que lo rascasen, se despertó del hechizo y se fue hacia la puerta de la habitación, que estaba cerrada, y empezó a maullar.

   - ¡Abre ya, hostia, que me meo! ¡Y a ver qué me das para el desayuno, que siempre me quieres colar esas bolas chungas que seguramente compraste de oferta y yo quiero el atún que guardas en el otro armario! Que, por cierto, como un día encuentre la manera de entrar en él cuando tú no estés, te llevarás una sorpresa.

Un gato berreando según te acabas de despertar y arañando la puerta no es el mejor comienzo del día que alguien normal pueda tener, aunque todo cambia cuando alguien vive dominado por el hechizo gatuno.

   - ¿Quién quiere salir de la habitación...? Tú quieres salir, ¿eh, peludito? Anda, espera, que te abro la puerta. Mira cómo sabe pedir las cosas, pobre.

Basta un milímetro, a veces parece que menos, para que una criatura felina se pueda colar por la rendija. Eso sí, lo más frecuente tras esta clase de desapariciones suele ser un golpe seco a lo lejos, o de algún objeto rodando.

   - ¡Libertaaa... meca, mira ese cordón de ahí! ¡Y aquella horquilla! ¡Y la caja de cartón! ¡Y la bola de goma! ¡Y... PUUMMM! Miau...

Aunque, una vez pasada esa centésima de segundo durante la que ha transcurrido todo, el mundo vuelve girar a un ritmo normal, la chica ya se ha calzado las zapatillas y sale al baño, y el gato recupera el control y la calma. Más que nada porque no quiere que la humana (en este caso) que le proporciona lo que necesita para vivir crea que es un bicho poseído, si le ve teniendo esos "ataques".

   - Yo no sé si es al despertar, o si es por tener hambre, o qué, pero nada, no hay manera, me dan estos prontos y no puedo parar. Tengo que hablarlo con los chicos de la pandilla, a ver si ellos también les pasa. En fin, ¿por dónde iba? Ah, sí, que tengo hambre. Bueno, primero unos lametones para acicalarme un poco, y luego a la arena. Que esa es otra: a los puñeteros perros les recogen siempre las mierdas, mientras que nosotros tenemos que buscarnos la vida. Luego les sorprende que las tapemos. ¡No te jode, con lo que apesta!

Una vez que la chica hubo salido de hacer lo que sea que hagan las chicas en el baño, se dirigió a la cocina, donde le esperaba el café... y la cara de pena del gato, maullando desde la súplica (aunque las verdaderas intenciones vayan por dentro).

   - ¡Venga, humana, que es para hoy! ¡Ráscame! ¡Y dame de comer! ¡No, dame primero de comer! Bueno... ¡Ah, qué gusto! Está bien , está bien... Por esta vez pase, me comeré las bolas cutres sin protestar mucho. Pero sigue, sigue rascando un poco más... ¡Miau!

jueves, 20 de febrero de 2014

La Tukopedia: BDSM


Lo primero que habría que saber del BDSM es cómo leches se pronuncia porque, al no tener vocales, se antoja complicado. El autor de la entrada ha estado practicando en voz baja, primero, y más alta, después, y ambos coincidimos en que se asemeja al sonido que emitimos cuando hacemos burbujitas con las babas, juntando mucho los labios. Que ahora mismo lo estés haciendo para comprobarlo, es un signo inequívoco de que la dirección es la correcta.

Buscando en antiguas enciclopedias de papel, diccionarios, revistas temáticas (antes pringosas, ahora cuarteadas)  e, incluso, en modernidades como Internet, no se encuentran más que falacias que hablan acerca de una sigla, o algo así, formada por palabras obscenas y que habla de cosas relacionadas con el trabajo, tales como la disciplina, la sumisión, dominación, sadismo, estar la jornada entera atado a tu puesto…  No son más que cuentos de rudos empresarios para ocultar a la gente sus malévolos planes capitalistas.

En realidad es una inocente expresión cariñosa que significa “Bésame Donde Sudo Mucho”, ya en desuso,  y que se remonta muchísimo tiempo atrás. Como hacia los años 90 aproximadamente, década en la que era muy común escuchar expresiones como “me suda la polla” y cómeme la polla”. Esto hizo que un cónclave de sabios se reuniera en una discoteca para adquirir conocimientos musicales. Entretanto, alguien decidió que BDSM aunaba ambas expresiones y sonaba más ambiguo, menos soez, y consiguió que fuera Trending Topic en la época. Aún no existía el Tuiter, pero que no haya nadie en un bosque no significa que el árbol no haga ruido al caer.

Como las modas pasan con bastante rapidez, la expresión cayó en el olvido por completo, igual que un estudiante no recuerda absolutamente nada de lo que estudió para el examen de ayer por la mañana o los fines de semana no sepamos qué hicimos la noche anterior ni qué hacen esas tres chicas desnudas en nuestra cama. Y otras dos en la habitación de al lado.

No fue hasta que estaba a punto de llegar el famoso y decepcionante año 2000, con el terrible caos, anarquía y mucho rollo apocalíptico que iba a conllevar, cuando volvió a saltar al ruedo la sigla BDSM. Efectivamente, se multiplicó el interés por esta movida ante tal confusión. Concretamente, se dispararon las ventas de sogas para ahorcarse (bondage tipo David Carradine, a excepción del fin buscado),  para atarse a cualquier sitio antes de que la furia de la naturaleza “se desatara” (qué bien traído, pardiez) y llevara a la gente por los aires, o para lazos de vaquero, armas rústicas para tiempos venideros sin máquinas. Hay más ejemplos, pero el propósito de la entrada no es extenderse sin ningún sentido. Para nada. En absoluto. Que no.

Cuando llegó el momento crucial, como todos recordamos, no sucedió nada de aquel mítico Efecto 2000, así que, como el roce hace el cariño, la gente que hizo acopio de todo ese material lo conservó, como quien conserva en la mente el olor del perfume de los sueños. Tal vez lo pudieran vender más adelante como merchandising o como artículos vintage.

Incluso hubo gente que le dio otro uso excepcional y que jamás antes se había utilizado (que se recuerde un domingo por la mañana): el alpinismo. Amantes del BDSM de todo el universo conocido empezaron a sentir un gusto intenso por verse llenos de arneses y mosquetones, cuerdas, a clavar el piolet en pequeños agujeros oscuros, en arañar las superficies rocosas y en asfixiarse con la altitud. Ah, y a vestir ropa muy ceñida. Sin duda, hoy por hoy, ellos son los más fans.

Pero hay más sectas, muchas más. Las jóvenes criaturas aún saltan a la comba, los zapateros impregnan con su vicio los zapatos y les ponen cuerdas para atarlos, a los relojes hay que darles cuerda (no así como a los políticos), los superhéroes usan máscaras y antifaces para ocultarse, Indiana Jones tenía un látigo, a Catwoman se le ve el plumero a distancia con tanto cuero, garras, otro látigo… En fin, no sé, hay montones de ejemplos. Bueno, a mí me vuelven loco perdido los tacones de aguja. ¿Me estaré convirtiendo?

¡Oh, se me olvidaba! Actualmente, la culpa de que el BDSM no se extinga y que haya ganado más adeptos que nunca la tiene la famosa y sobrevalorada novela para señoras que carecen de imaginación propia y se ponen coloradas por cualquier cosa: “Cincuenta sombras con el Gris”, que no sé muy bien de qué va, la verdad. Hablo de oídas. Yo pensaba que era un libro de pintura.

Bueno, yo voy a pasar el plumero y a limpiar el polvo, espero no hacerle cosquillas a nadie que encuentre a mi paso y que, casualmente, se encuentre con unas esposas puestas.

Tenéis que perdonarme, pero no recuerdo la bibliografía que he utilizado para la elaboración de tantos datos reales.

sábado, 9 de febrero de 2013

Hoy en día


Esto de escribir ya me viene de muy atrás. Lo cierto es que es una consecuencia lógica de pasar los días leyendo, no en vano la pericia en el Dungeons&Dragons se llama “leer/escribir”, y resulta bastante útil. Ojo, que esto no quiere decir que uno lo haga mejor por insistir mucho, que de sobra se sabe que, por ejemplo, los políticos, por mucho tiempo que lleven ejerciendo, jamás lo harán mejor. Simplemente, parece que a uno se lo pide el cuerpo.

Temas para escribir hay cientos, miles, desde los más serios a los más absurdos, pasando por experiencias, por ilusiones o por protestas. Entre tantísimas otras, claro.  Pero también se puede hacer un popurrí e ir mezclando, intercalando de todo, crear un cajón desastre, prender la mecha desde bien lejos y esperar a que explote: ¡textos artificiales sin traca final!

Corren unos tiempos algo despiadados, en general, pero tampoco tanto. Como reza el dicho: “Dios aprieta, pero no ahoga”. Y es algo que se puede ver a diario, con toda la que está cayendo en la política, en la sociedad… con las subidas de precios en todo, y los descensos en nada. Pero, aun así, la gente sigue tirando. A pesar de los seis millones de parados, a pesar de los desahucios, a pesar de la pérdida constante de derechos fundamentales de los trabajadores, a pesar de los atropellos a las clases sociales que no sean las más altas. Porque eso sí es importante. A mí, que el rey se trinque a una pava por ahí a tomar por culo o que una empresa privada contrate a un ladrón reconocido, me la suda. Lo malo es que siempre terminan metiendo la mano en lo público, en lo de todos, en lo que pagamos con los impuestos. ¿Por qué tengo yo que trabajar para que tú, sin hacer nada, vivas como un marajá?

Desde hace tiempo me he fijado en algo muy curioso cuando circulo por la autopista, camino del trabajo: recuerdo cuando se bajó el límite de 120 a 110km/h, que todo el mundo se echaba las manos a la cabeza, “por favor, a quién se le ocurrió semejante barbaridad, yo con mi coche de ciento setenta caballos puedo circular perfectamente y con seguridad a doscientos por hora”. Sí, hombre, y a más, pero… ¿esos caballos no beben, necio?

Como digo, desde hace un tiempo, desde que la cosa del euro nos está empezando a castigar duramente, como cuando el boxeador arremete sin cuartel a su oponente, los conductores levantan el pie una barbaridad, sin que nadie les obligue. ¿Cómo? ¿Por qué vas ahora, con toda tu potencia y tu puto coche de tropecientos mil euros a 105km/h? ¿Qué pasa, que no te llega para el arroz? Hemos llegado a un punto en el que la gente mira mucho más por el consumo y, salvo quienes se lo pueden permitir (que me parece cojonudo), quienes llevan mucha prisa o quienes conducen un coche de empresa, el resto se resigna a ir tranquilamente y sin encabritar lo que conducen. No es nada raro ir detrás de camiones o autocares o, incluso, que estos te adelanten, en algunos casos, a unas velocidades que teóricamente no pueden alcanzar (aunque eso es un tema en el que paso de meterme). Como detalle, reducir la velocidad un pelín incrementa un viaje de media hora en cuatro, cinco minutos a lo sumo, pero ahorras en cada depósito, al menos, un viaje extra. Que no es poco.

Pero, ¿qué consecuencias puede tener que todo esto suceda? La respuesta es facilísima: ninguna. No entiendo muy bien por qué, pero aquí en España hemos sido siempre muy sufridos. Pese a que las malas lenguas hablen de holgazanería, amor por las fiestas y las chapuzas, y de la picaresca, siempre hemos tirado hacia delante, trabajando, resignados, apretando los dientes, si acaso también el cinturón y, oye, ya vendrán tiempos mejores.

      Me hace gracia, muy irónicamente, que estemos en un momento de la Historia en el que se le está empezando a perder el respeto, al fin, al tema de la democracia, tal y como nos la han enseñado e inculcado chacales, hienas y aves de rapiña que han ido pasando por la palestra, como un desfile de modelos rancio, con ideas que no abarcaban a más gente que el entorno de quien fuera preciso, en cada momento. Día tras día aparecen (aparecieron y aparecerán) auténticas burradas que pondrían colorado al más honrado, pero no a quien tenga tan gran desfachatez como, para encima, negarlo, saliendo de rositas de cualquier envite.

      Pero más gracia me hace, aún con más ironía lo digo, que ninguno hagamos nada para atajarlo definitivamente. Yo el primero, que conste. Y es precisamente por eso por lo que decía lo de “Dios aprieta, pero no ahoga”. Porque si no, esto sería impensable que sucediera.

      De todas formas, alguien debería sentar las bases, llevar la voz cantante. Protestar desde casa, desde internet, vociferando desde la red y arengando a los demás para que se muevan, no sirve para nada. Pero es que, si no, nadie hace nada. Ni siquiera eso. 

-          ¿Y por qué no lo haces tú, listo de mierda? 

 Pues porque yo no estoy interesado en esa movida: lo mismo que hay gente que quiere ser fontanero, electricista, mecánico, empresario, camarero, profesor… tendrá que haber alguien que tenga vocación y capacidad para la política. No se quiere que haya este o aquel partido en el poder, pero… ¿quién se encarga de organizar uno, dos, tres o los que hagan falta, para que haya una opción de cambio real? Y, todo eso, dando por sentado que lo que no va a cambiar es el sistema, sólo quienes le dan forma.

Por cierto, que se me olvidaba… en estos tiempos de lo política y estúpidamente correcto, lleno de necios y necias, ¿de verdad tiene cabida anteponer las quejas y los quejos menos importantes e importantas, de una minoría que busca el 50% más riguroso de cualquier detalle… a la realidad más acuciante? Es por bobadas de este calibre por las que esto no carbura, por las que esto no echa a andar.

A todo esto, había empezado esta entrada con la idea de dar una pequeña introducción para colgar un texto que tiene unos cuantos años y que encontré el otro día en un disco duro que tengo por casa… y, joder, me he enrollado, se me ha ido el pecador al infierno, y ahora ya no tiene cabida. Suerte tenéis, carajo. Y caraja. La mía.

Por lo demás, he notado que mis poderes mutantes latentes no consistían en nada llamativo como volar, lanzar rayos, ver la lencería a las mujeres, tener una fuerza descomunal o ser invisible (ese lo domino algo, pero es un don, no un poder). Lo más cercano a todo eso es, como comentaba al principio, darle a la tecla salvajemente sin control alguno, improvisando cada párrafo porque lo de pensar es para los profesionales. Mucha gente me pr… Alguna gente  me pr… El otro día alguien me preguntó cómo hacía el rollo de Doorman, si hacía algún esquema primero, si sabía cómo empezar y dónde iba a terminar cada capítulo, metiendo luego el relleno, pero la verdad es que no le supe responder nada satisfactorio, excepto que abría el Word®, ponía las manos en el teclado, pronunciaba las palabras mágicas: “Great balls of fire!” y venga, ¡a aporrear! Esto es, cuanto menos, muy poco profesional, creo yo pero, ¡es taaan monótono seguir los pasos como mandan los cánones (lo canónigos no, que creo que esos, “ahora”, se comen)…!

A pesar de todo, me faltan padrinos. ¡Cachis la mar! 

Para finalizar esta entrada y, representando a las preocupaciones más cercanas y tristes, de las que no se libra absolutamente nadie, pero que por desgracia casi nunca vienen a tiempo, no me queda otra que hacer mención de algo de lo que a nadie nos gusta hablar. Y es que la muerte ha vuelto a hacer acto de presencia de unas maneras muy jodidas y a cebarse. Quisiera dedicarle algo , aunque sea esta entrada, a varias personas que nos han dejado recientemente o, en este caso, demasiado recientemente. Me gustaría que quedara en el recuerdo la figura del hermano pequeño de un gran amigo, que nos dejó la semana pasada. Dedicarle unas palabras a uno de los mejores amigos de un buen amigo… y, la más reciente y no menos dolorosa muerte, de Juan (Rey Pelayo), compañero harlero de kilómetros, un tío con un sentido del humor muy peculiar pero entrañable, siempre dispuesto a reirse de todo. Puta vida, que siempre termina escogiendo las peores maneras de destrozar a la gente. Muchos ánimos a sus familias y que vivan siempre en el recuerdo.

Como para confirmar lo que decía más arriba, el ser humano camina siempre con un acantilado a ambos lados de su camino, pero éste sigue y sigue, retorcido entre miles de curvas y no queda más remedio que apretar los dientes y continuar caminando, llueva, nieve o haya tormenta… e, incluso, cuando a veces sale el sol.

Un fuerte abrazo.

jueves, 31 de enero de 2013

Nuevo blog: "Las aventuras de Doorman".


Como alguno ya sabrá, he decidido aportar un poco de cordura (la ropa para la moto no, lo de la dentro de la cabeza) y orden a este blog de sinsentidos, con lo que Las aventuras de Doorman las iré colgando directamente en un nuevo blog que ya ha cobrado vida al más puro estilo de los nigromantes. Fue decir: “¡Alzaos, capítulos de Doorman!” y con el conjuro de copia y pega los coloqué bien ordenados y con sus fechas originales en el otro lado.

Evidentemente no me quedará más remedio que hacerme autopromoción, así que iré avisando también aquí, en Los Tukos de Fray, de las actualizaciones, así como en Facebook y Twitter, como hasta ahora (bueno, vale, y por todas las partes que pueda, aunque sin dar mucho la vara).

También es cierto que esto no significa que vaya a escribir el doble, sino más ordenado, simplemente. No es que me haya dado un aire ahora y vaya a dedicar mi tiempo libre sólo a estos menesteres, vamos.

De momento, lo que sí haré, será dejar también en este blog las entradas ya publicadas de Doorman, aunque con el tiempo las iré borrando, quedando únicamente en el otro, en http://lasaventurasdedoorman.blogspot.com.es

Por cierto, como novedad, además, he decidido que en la nueva etapa haya imágenes, colorido, escenarios, caras, poses, cuerpos… con lo que voy a incorporar todo tipo de aportaciones que me enviéis (si lo hacéis, claro) en cuanto a dibujos, a ideas. Yo no soy buen dibujante. No llego ni a malo, así que he pensado que esta forma de interactuar podría gustarle a más gente, porque siempre es más entretenido formar parte de las cosas que ser un mero espectador, así que estoy abierto a todo tipo de sugerencias. Brainstorming, que lo llaman ahora.

Así que, sin más, os invito a acompañarme en estos proyectos. Ya se sabe que no es malo alternar entre la playa y la montaña, así que esto ha de ser parecido, pienso yo. ¡Sigamos a Ramón en sus andaduras!

Para terminar esta entrada chunga, os dejo también los últimos palíndromos que he ido colgando en mi Twitter (@FrayTuko), frutos de los piques con gente pro.

  • ·         O daña seis ánades o ya, pese a Ana, a ese payo se dan. Así es, añado.
  • ·         Ama la pepita y a ti Pepa lama.
  • ·         Sazonas seno, payo. ¡Ja! ¿Rima? Mira: joya, pones sano. ¡Zas!
  • ·         Allana cosa, payaso. ¿Losa? ¡Ya! Paso, canalla.
  • ·         Aparta a papá: la papa… ugre no pone más ébano, bobona. Bésame. No poner guapa pala, papá atrapa.
  • ·         Roe pan, amigo. Cogí maná. ¿Peor?
  • ·         Ajá, caco. ¡Sí, poséolo! “Dios es…”  el amo, Ladilla. Allí dalo mal ese, so ídolo. Eso piso. ¿Caca? ¡Ja!
  • ·         La Madre…  ¡Cada beca robas! Alza, habla: ¡Arriba la birra! Alba, hazla sabor a cebada, cerda. Mal.

miércoles, 23 de enero de 2013

Las aventuras de Fran y Fede

Año mil no sé cuántos. La Humanidad está pasando por unos momentos realmente cruciales en el devenir de la Historia. Terminadas las Tres Grandes Guerras que asolaron a los Elfos Zombis de las Montañas Picudas y terminaron con el exilio de los Enanos de las Praderas Verdes, un pacto se forjó a orillas del Mar Precámbrico, diseñado para evitar que las atrocidades del pasado pudieran volver a repetirse. En él participaron todas las razas habidas y por haber en lo largo, ancho y alto del mundo paralepípedo, de nombre Mailsland. Todo ser medianamente racional tuvo voz, voto y bocadillo a escoger, y al resultado de tal pacto se le llamó Cinturón Fraternal de la Amistad Duradera.

Ajenos a las locuras políticas y los entresijos militares vivían, en otra parte del mundo distinta, dos personajes folklóricos, dos artistas sin par, que gozaban de la atención de la gente de los pueblos por los que pasaban, ofreciendo su buen hacer, en su peregrinaje hacia vete a saber dónde, pues nunca se supo de dónde venían… ni tampoco cuál fue la suerte que corrieron en el crepúsculo de sus días.

Uno de ellos era escritor y respondía al nombre de Fran, mientras que Federico no. A Federico se le conocía más por Fede. Por eso, por su bigote y por su voz, pues era cantante, aunque otros más allegados lo apodaban Mercurio, pues era fan del velocista mutante de los X-Men®, por parte de padre.

Esta particular pareja, que se ganaba así la vida, uno escribiendo y otro cantando lo que el primero escribía, se preguntaba cómo podía disfrutar de tanto éxito, pues Fran no cogía el boli si no estaba piripi, de ahí su sobrenombre “Qué beodo”, pues era lo que todo el mundo repetía cuando pasaba por su lado y le veían los ojillos inyectados en sangre, tras sus redondas lentes, y sus narices coloradas. Aun así, nunca les faltaba para comer, beber y dormir.

Estaban un día en una taberna, bebiendo y componiendo (pues, como solía decir Fede, “el espectáculo debe continuar”), cuando entraron por la puerta un anciano clérigo y dos chicos hambrientos, a todas luces sus maltratados pupilos, discutiendo sobre quién debía pasar la siguiente eliminatoria de la Champions. Tal era el escándalo que tenían montado, que pronto se les unió el resto de los parroquianos, muy aficionados ellos, e instaron al dueño del local a sintonizar la televisión, a la espera del comienzo del partido.

Sin perder de vista a los chiquillos, Fran, que en aquellas lides tenía bastante letra, se fijó cómo, cuando el aparato se encendió y toda la atención se centraba en él, los escuálidos mozos  comenzaron a deslizarse entre la muchedumbre y vio, además, cómo de manera pícara, daban rienda suelta a su, al parecer, instinto para el latrocinio. A tal extremo habían de llegar para conseguir llevar a la boca el chusco de pan que el clérigo les negaba.

  - ¡Fíjate en esos dos pícaros, Fede, unos buscones! – dijo Fran.

Y, viendo que su compañero ya estaba observando a los adolescentes…

  - Oh, veo que ya lo estabas haciendo. – Añadió. –  ¡Menudo vicio tienes, artista!

De vuelta a sus quehaceres, permanecieron absortos en sus creaciones, únicamente sobresaltándose cuando, al parecer, un jugador de uno de los equipos le arrancó la cabeza a otro de un zarpazo y el árbitro no lo penalizó con la muerte, tal y como reflejaba el reglamento de aquel extraño juego, sintiendo la indignación de parte de los lugareños mientras, de fondo, las risas cómplices del resto enfurecían aún más a los primeros.

  - Lo de ese deporte es algún tipo de magia. Esa gente pierde la cabeza, con la tontería de que sólo puede ganar uno. – Comentó Fede. – Ni que fuesen inmortales.

Lo cierto es que las horas de ese día fueron pasando inexorablemente, durante y después de la retransmisión, sin nada más que fuera reseñable. En realidad, las de ese día y las de cualquier otro, pues en aquel entonces la tasa de paro había alcanzado cotas tan altas que tampoco es que hubiera mucho que hacer a diario, ni sucedía nada en particular, salvo alguna revuelta multitudinaria esporádica, por aquí y por allá que, sistemáticamente, era repelida por cyborgs ninjas del futuro que habían sido contratados por el nigromante que ocupaba en el Trono de Aluminio, tan vago él que no levantaba a los muertos, ni a nada. Ni siquiera para barrer el palacio y sacar brillo a los cromados de los reposabrazos, que ya se veían deslucidos.

Y, así, en cada continente contenido dentro del ortoedro mundial, se disfrutaba de una paz global que aún duraría unos cuantos años más, durante los cuales no pasaría nada que fuese digno de mención o que llamase mucho la atención.

En cuanto a los dos protagonistas de este absurdo relato, como se ha dicho al principio del mismo, pues ni idea, nadie sabe en realidad que sucedió con ellos. Lo único, que unos diez años más tarde de la escena que he mencionado, sus caminos se separaron  por caprichos del destino, terminando Fran "Qué beodo" siendo un consagrado espadachín, compinche de unos macarras que tenía por amigos y, Fede "Mercurio", un trovador al servicio de la Reina Bohemia.

Por lo demás, pues nada, lo de siempre, alguien se terminó pasando el Cinturón Fraternal de la Amistad Duradera por el forro de los cojones,  se armó un follón de agárrate y no te menees y lo normal, guerra por aquí, guerra por allá… y toda la población mundial al carajo. Y, por si fuera poco, invasión alienígena en la confusión. Vamos, que cuando todo va mal, siempre puede ir a peor.

Una pena, la verdad… Una pena.

viernes, 18 de enero de 2013

Algo está cambiando


Hace unos días creí que me podría poner a escribir un montón de cosas sobre otro montón de cosas en un tiempo récord porque me habían llegado, a la vez, cientos de decenas de miles y pico de ideas para hacerlo, pero se ve que no es lo mismo el volumen que ocupan las fantasías en tu cabeza que el espacio que ocupan luego en estado sólido, una vez que pulsas las teclas en la antigua máquina de escribir que, por cierto, o no tienen tinta las letras o se ha desenchufado el teclado (que ni siquiera es Usb, sino un obsoleto Ps2).

En estas ensoñaciones me encontraba yo cuando, por la gracia de la mala suerte, la mala cabeza, que el casco me aprieta y no corre la sangre como Heidi por el monte, o por una plancha de hielo (que también puede ser), tuve el otro día un pequeño (y, a la vez, no tan pequeño) percance con la moto, que terminó por arrancarme de cuajo la inocencia, la virginidad y, si cabe en la frase, la puta sonrisa permanente (por dentro) de la cara.

A ver, ya me había caído unas cuantas veces. Es una tontería que casi viene redactada en el carné de moto: “ha de caerse usted de vez en cuando, para no perderle el respeto al aparato”. Hasta aquí todo normal, pero resulta que no iba solo. Ahí es donde entra, como digo, la pérdida del humor, pues nunca me había pasado que alguien se hiciera daño por mi culpa (y me refiero sólo a físicamente, pues emocionalmente es otro cantar, más tipo balada ñoña, si acaso). Esa parte aún me tiene dándole vueltas a la cabeza en plan niña del Exorcista, porque no está el mundo del trabajo ahora como para joder una rodilla y tener que pedir una baja (espero que corta para que signifique que el daño no fue grande).

Antes tenía la pared de la habitación estucada (se entiende que tiene más paredes, pero hay armarios que las tapan, y eso), pero ahora está lisa de darme cabezazos en ella. Hay que reconocer que, si me quitase el casco para hacerlo, lo mismo me hacía daño.

Esta, pues, es la razón por la que, a pesar de que me había/habían convencido para añadir otra nueva entrada al blog, no me sale, no soy capaz. Y eso que el tema era interesante, pues trataba de cómo creo que está cambiando el panorama musical en Asturias, precisamente en un momento en el que todo parece indicar que debería de ser peor.

Y es que, por lo que he parecido entender,  quedan muy pocos sitios habilitados y con licencias donde poder ofrecer a la gente música sin tener que preocuparse de multas, cierres, vecinos intolerantes y demás zarandajas. Que no es poco lío, habida cuenta de que tampoco hay dinero para poder pagar a los músicos y así poder ofrecer eventos a los parroquianos, que tampoco tienen dinero para poder ir después a ver todas las propuestas. Por todo eso, decía, parece que la situación no pintaba (ni pinta) demasiado bien y, por supuesto, tampoco invita al optimismo en un futuro inmediato.

Pero hete tú aquí que aún se tardará en quemar el último cartucho, pues la gente inventa nuevas fórmulas y se adapta a los tiempos que no corren, sino vuelan, con lo que la parte contratante y la contratada terminan haciendo grandes esfuerzos para ofrecer algo en lo que realmente creen.

Podría decirse también, tal vez, que ahora mismo resisten el envite quienes están verdaderamente preparados, y de ahí había surgido la idea inicial de esta entrada: hablar un poco de todos esos grupos y también de los músicos que aportan su toque en forma de montones de colaboraciones y que están saliendo adelante por su empeño y su buen hacer. No obstante, después de darle un poco al sex…seso, creo que no sería justo mencionar a unos sí y a otros no, puesto que tampoco he podido escucharlos absolutamente a todos y estoy seguro de que me dejaría atrás a unos cuantos, sin querer.

Lo que es innegable es que, desde el pasado año, que me dio por abrir un poco las orejas para escuchar con los oídos y darles a una oportunidad a quienes no usan doble bombo, no me ha faltado semana en la que alguien no me asombrase, sin importar el estilo, procedencia o grupo sanguíneo. Una calidad mucho más elevada de la que pensaba y que me permite, al menos a mí, saber con seguridad que no es posible aburrirse y, también, que la música por estos lares no se detendrá. Porque estoy seguro de que es imposible detener del todo a gente tan preparada.

De hecho, por medio de un estudio sofisticado, empírico, y muy español, basado en tratar de desprestigiar los logros de quienes están teniendo éxito, puedo constatar esa afirmación. Porque ésa es otra: no falta nunca gente (entiendo que críticos de música) que intente hacer ver que un espectáculo ha triunfado únicamente porque han acudido montones de amistades del propio grupo en cuestión, o amistades de esos amigos… y ya. Pongo vuestras manos en el fuego de que esto se ha escuchado después de espectáculos tan impresionantes como el de la Extravaganzza de Blues & Decker (tenía que nombrar esto porque aquí ya me resultó tan chocante que casi caigo de espaldas). 

¿La que comento también es una opinión tan válida como la mía? Sí, pero yo me baso en la gente absorta que vivimos ese momento, que ni siquiera sabíamos qué íbamos a ver y que nos encontramos con cuatro horas de un espectáculo que asombró a propios y extraños. Un espectáculo, de hecho (y tengo que decirlo, no queda otra), que si lo llega a firmar un grupo famoso y con colaboraciones de renombre, estaríamos hablando de acontecimiento nacional (o internacional) del año, y por el que miles de personas pagarían una jodida burrada de dinero para poder verlo.

En conclusión, algo está cambiando en Asturias, los artistas están pudiendo sacar sus trabajos a la venta (bastantes grupos, de hecho, del nivel de los Pilgrim Rose, Queen Bitch, los propios Blues & Decker, Nap the Band, Lycosa Tarántula, MyStereo, Ernesto J. Espinoza, Tyfpe…) y están teniendo una buena acogida por parte del público, indicación extra de que se están haciendo las cosas bien, a pesar de que, como dije al principio, no corren los mejores tiempos para poder conseguirlo. Tal vez sea esa, precisamente, la razón de que esto suceda: la gente quiere evadirse, la gente quiere olvidarse del día a día… y lo que no está dispuesta la gente es a perder su derecho a divertirse, a disfrutar de la cultura.

Lo malo de todo el tema musical es que, a finales del año pasado, hubo un montón de conciertos que coincidieron, con lo que no se pudieron disfrutar todos, cosa que parece que, de momento, continúa sucediendo, así que siguen siendo buenas noticias. ¿No?

Mientras tanto, yo soy sólo un mortal más, con sus historias, y la que me ronda la cabeza es la torta con la moto, así que, Gema, no me queda sino volver a pedirte disculpas por la putada de la rodilla. Espero que te recuperes pronto y te quede bien.

Nos vemos… ¡en vivo y en directo!

Saludos, gente.