martes, 3 de julio de 2012

Doorman 8: Precuela

Por situarnos un poco en el tiempo, podríamos estar hablando de cualquier momento, pero estas cosas quedan mejor si se concretan, así que, digamos, pudo haber ocurrido hace unos años, cuando el bueno de Ramón no sabía la que se le venía encima (di tú que, ahora mismo, tampoco lo tiene aún muy claro, porque a este paso ya se habrá olvidado de que tiene los súper-mega-chachi-poderes de andar por casa. Por la suya, por la tuya, por la mía no, por la de ese, la de este, la de oeste y la de aquel).


Bien, como estamos acotando en el tiempo, podríamos también situarnos en el espacio. Se entiende que no en el exterior, donde sin duda hace más frío y está plagado de otros superhéroes, más frívolos, como cae por su propio peso, expresión ésta que le deja a uno los pelos de aquella manera (de punta no, porque tenderían a caerse debido a tan mística expresión). Pongamos, pues, que Ramón se encontraba, uhm… pasando unos días en una localidad más al sur que su ciudad habitual. Bastante más al sur. Cualquiera podría pensar, sin temor a equivocarse, que estaba bastante lejos de su tranquilo y fresco hogar. Y digo fresco porque uno siempre se encuentra mucho más cómodo en su propia casa que en la ajena, aunque esto no se le aplique a los cacos.


Por aquel entonces, Ramón era un chaval joven, algo inocente aunque imaginativo, y le gustaba tontear con el alcohol, ya que con las mujeres no tonteaba gran cosa. Al menos con las de carne y hueso. Llegados a este punto, aclarar que lo uno no era consecuencia directa, indirecta, ni complemento directo de lo otro, ni viceversa. Cada uno lucha en la batalla de la vida con las armas que le da el Master o que saquea sin compasión de los caídos en combate, a ser posible, ajeno.


Es por ello que la tarde anterior decidió irse a tomar unas cañas con unos colegas venidos del espacio… que ocupa la siguiente comunidad autónoma a la suya. ¿Por qué estaban allí esas personas? Es irrelevante para lo que aconteció horas más tarde, así que da igual. El caso es que, cerveza va, cerveza viene, cualquiera el pis retiene, pide unas raciones, que con cuatro cosas cenamos y unos cubatas nos trincamos, mira a ese pavo qué pintas lleva, pues anda que aquella tipa, que si se cae de ahí se mata y, oye, vamos a esa terracita, que parece que hay buen ambiente, bueno, vale, pero esta vez pedimos también chupitos, hostias, no me jodas, chupitos no, que sí, que no, que… camarero, cuatro tequilas pronto, antes de que este cobarde huya como una gallina, ¿cómo que gallina? anda, sí, McFly, hazte ahora el duro, que no, que no es eso, que aún no hemos cenado, animales, ah, pues es verdad: camarero, los chupitos y pescaíto frito, por favor. Y más cerveza, si puede ser. ¡Gracias!


Tampoco es que el resto de la noche fuese algo notable, teniendo en cuenta que podría resumirse diciendo que fue más de lo mismo, aquí, allá, en ese no porque tienes que estar bien vestido y con zapatos y vámonos a aquel otro que está petado y buenas noches, nos pones una rondita de cubatitas. Y otra. Y otra más, pero carga más esos cubatas, no seas roñica. ¿A quién le toca pagar la siguiente? ¿Quién lleva el bote? Pedimos otra igual, ¿verdad?


De una escapada deshonrosa a cierta hora se pueden sacar varias conclusiones. Una de ellas, la más importante, es que aún vas prácticamente erguido y sabes ver y hasta casi anticipar el peligro que tiene el acercarse demasiado al borde del precipicio. Otra, por ejemplo, que las generaciones que vienen detrás son como una estampida a la que intentas detener, pero que sabes que, si no te apartas, te va a arrollar. Así pues, lo mejor es saltar la valla, mimetizarse con el entorno, mezclarte con el gentío y desaparecer cual ninja púrpura. Nunca mejor dicho, ya se darán explicaciones a toro pasado. Como excusa adicional, Ramón tenía escondido un as en la manga, y es que, a la mañana siguiente, cogería el coche para hacer un pequeño viaje que le llevaría a otro sitio, lo cual viene siendo el propósito de los viajes. Al menos, de los físicos. Por lo tanto, en cuanto vio que el peligro asomaba la cabeza, huyó.


Lo bueno de por aquel entonces es que aún no existían los teléfonos móviles, así que llegar al hostal en el que se alojaba consistiría nada más que en subir unas escaleras, despertar al recepcionista que siempre dormía por las noches durante su turno para que le diera la llave de la habitación y acostarse, sin esos instintos modernos tan erróneos que consisten en mandar mensajes, hacer llamadas, en postear cosas sin mucho sentido en la red… En fin, que todo lo que hizo Ramón cuando entró en su habitación fue poner el aire acondicionado, desnudarse sabiamente desde una posición óptima, como lo es el estar sentado (nuevamente, la valentía de hacerlo de pie confirmaría una embriagada insensatez), mear y a la cama: mañ… en unas horas será otro día.


Y así, sin más sobresaltos, la noche dio paso a la mañana. Sonó el despertador, la cabeza estaba en su sitio y la perspectiva de tomarse un fin de semana de relax y en una muy buena compañía, hizo más ameno el levantarse. Comprobó todo al encender la luz: los pantalones estaban bien doblados, la camiseta colgada de la silla, la cartera a mano y su interior, sin signos de haberse visto violada. Efectivamente, se sentía un tipo responsable: otra batalla más, ganada sin hacer trampas farmacológicas. Por lo tanto, ahora era el turno de la ducha y el aseo, de recoger la habitación y hacer las maletas, vestirse y a la calle, un desayuno decente, coger el coche y largarse. ¿Qué podía salir mal?


Llegados a este punto, bien podría introducirse una pequeña descripción de la austera habitación del hostal en la que se alojaba Ramón. Según se abre la puerta, un pequeño mueble hace de base para una diminuta televisión, antigua ya de por sí (por aquel entonces tampoco existían las pantallas planas y demás modernidades). A la derecha, dos camas individuales, separadas por una mesita. De las dos lámparas, como no podría ser de otra manera, una sin bombilla. Al pie de una de las camas, otra mesita con un espejo mediano. En total, unos siete u ocho metros cuadrados. No llegan. Y, en una de las esquinas, un hueco, precedido de un traicionero peldaño, que hace de pasillo irrisorio y que termina en una pared al fondo, con una ventana enrejada, un minúsculo armario empotrado a un lado y, en frente, a un metro escaso, el baño, cuya mayor cualidad es que tiene una bañera, perfecta para tirarse dentro y olvidarse de las altas temperaturas del exterior. Por mencionar todo, también hay un lavabo con su espejo, un cubo para la basura y un váter. Así, de buenas a primeras, nada parece indicar que el destino haya preparado ninguna trampa mortal. ¡Ay!


Siguiendo los pasos que tenía en mente, Ramón se fue al baño a terminar de despertar, cerró la puerta para no hacer mucho ruido que pudiese molestar a los posibles vecinos, contribuyó a la repoblación de las coníferas, se duchó en un momento (cuando se tiene el pelo corto, ya se sabe, un poco de agua, frota por aquí y por allá, aclararse y listo) y se lavó los dientes. Nada más le quedaba por hacer, salvo recoger la habitación, así que se dispuso a salir del baño. Giró el picaporte pero, para su sorpresa, la puerta ni se movió. Volvió a girar el picaporte. Nada. ¿Qué estaba sucediendo? ¡Oh, vaya! No se acordaba, pero antes de entrar al baño había cogido una muda limpia, así que la opción más probable es que la puerta del armario no hubiera quedado bien cerrada, abriéndose por su cuenta (y por la de la gravedad, al estar el piso algo inclinado) y haciendo que la puerta del baño quedara atrancada. Como se dijo, menos de un metro entre pared y pared pueden provocar situaciones hilarantes como esta.


En cuanto se dio cuenta de lo que había pasado, la primera reacción fue de resignación. Ya sabía que eso podía llegar a pasar, pero estaba casi seguro de que había cerrado bien la puerta del armario. Casi. Joder, menuda putada más grande: una puerta imposible de abrir a empujones (lo intentó con golpes secos, por si la otra puerta cedía), ningún ventanuco por el que sacar la cabeza y pedir ayuda y ninguna manera a esas horas de la mañana de pegar unas voces con la vaga esperanza de que en recepción lo escucharan. Huelga decir que se encontraba, casualmente, en la habitación más alejada del hostal, para redondear la jugada. Y luego estaban el calor y la humedad, que allí dentro lo hacían todo un poco más incómodo. Si en ese momento le hubieran ofrecido unos superpoderes, pensó, desde luego que hubiera escogido alguno con el que poder salir de tan tonta situación. A saber. Atravesar paredes, hacerlas explotar... ¡incluso moverlas con la mente! Pero bueno, también estaba seguro de que eso era otra idiotez: no le quedaba más remedio que pararse a pensar y esperar que las ideas surgieran.


Lo cierto es que no tenía muchas cosas a mano. Lo segundo que hizo, tras intentar empujar la puerta, fue ver cómo estaba la situación por debajo de la puerta. Algo, por cierto, nada alentador: una rendija minúscula, como su humor en ese momento. Buscó con la mirada por el baño. Poca cosa, la repisa donde dejaban los jabones, que no cabía por la rendija, los jabones, que tampoco (y que además eran demasiado pequeños), un vaso, el grifo de la ducha, las toallas (que tampoco cabían por culpa del dobladillo), el cubo de la basura y los restos de los envases de la comida del día anterior (demasiado endebles), el cepillo de dientes (muy grande) y el tubo de la pasta dentrífica. ¡El tubo! Lo cogió, lo metió por la rendija y… nada. Pasaba por debajo de la puerta, sí, pero de la otra también. Hacía falta algo con una pequeña cuña. Eso sí, el calor aumentaba y, tras un montón de pruebas, Ramón estaba sudando lo suficiente como para necesitar otra buena ducha… si conseguía salir de aquel embrollo. Se sentó en el váter a pensar (quien no haya tenido sus mejores ocurrencias sentado en la taza del váter que se tire al mar, porque miente). Tras sopesar seriamente la idea de liarse a patadas con la puerta, por varios motivos muy coherentes la desechó. Y volvió a intentarlo de nuevo con el tubo de la pasta de dientes. Calma. Y piensa. Es un material elástico, cuyo final es bastante duro. ¿Y si se le hiciera una pequeña doblez? Probó. ¡Vaya! Parecía que podría funcionar, porque el tubo se detuvo en mitad del movimiento. Que esa era otra, no se veía a qué altura podían estar trabadas las puertas. Lo intentó una vez más. Volvió a tocar la otra puerta, pero el tubo era, tal vez, demasiado débil para poder con todo el peso. ¿De qué manera ayudar? Tirando y empujado de la del baño. A la vez. Pasaron unos minutos que parecieron horas. A fuerza de insistir e insistir, la trampa estaba cediendo, milímetro a milímetro. Recuperó el tubo para ver su estado. Lamentable. Estaba a punto de joderse del todo. Pero ahora quedaba muy poco para volver a estar libre, así que se lo jugó todo a una carta: a la vez que empujara con la pasta dentrífica, cerraría lo poco que había conseguido liberar de la puerta del baño, permitiendo el giro libre de la otra, si no se jodía del todo el tubo. Era todo o nada. Lanzó la moneda al aire, cara o cruz, pío o campo, pares o nones.


Resistió. Aquel último esfuerzo sirvió para todo lo que se esperaba de él. La puerta del armario cedió, la del baño se abrió y el tubo reventó del todo, dejándolo inservible de haberlo vuelto a necesitar en un nuevo intento. Todo parecía de película, pero fue real. Muy real. Demasiado real, para el gusto de Ramón. Y estúpido. Razón por la que empezó a reírse como un loco. Porque la situación había sido la más absurda que se hubiera podido imaginar jamás. Tanto es así que, cuando se calmó, se prometió a sí mismo que jamás le contaría semejante peripecia a nadie. Nunca. Ni de coña.


En estas, fue a buscar el reloj. A lo tonto, llevaba allí dentro casi una hora. Ya salía tarde. Y sin ducharse para quitar todo el sudor. ¡Putas puertas…!

6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Pues no sé, anónima canaria... pero, a menos que fueras Ramón (y entonces me darías mucho miedo), no debería de sonante, aunque puede que hayas vivido algo parecido alguna vez.
      No serás pelirroja, ¿verdad?

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  2. Me gustan las aventuras de Ramón, pero para no perder el hilo deberias proponerte subir un nuevo capitulo cada x tiempo asi tus seguidores sabríamos cuando entrar para leer lo nuevo :) Beso monstruo

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    1. Jejeje... otro Anónimo conocido.
      Pues mira, digamos... Odrie, no lo hago por dos razones:
      Una, que no soy capaz de escribir regularmente porque no siempre se me ocurren cosas. Eso y que tengo muchas movidas en la cabeza como para hacerle un hueco a Ramón.
      Y dos, que cuando cuelgo algo nuevo, lo anuncio unos cuantos días por los medios que hay para contactar con la gente que lo lee que, al fin y al cabo, sois siempre los mismos, con alguna pequeña variación en cada ocasión. Así que tampoco veo la necesidad de cierta regularidad.

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    1. Uhm... La cosa es que, si pudieras concretar un poco, a mí me servía para tenerlo en cuenta a la hora de seguir escribiendo. Es más, me interesa. Lo que pasa es que tan sintetizado, pues no sé exactamente por dónde van los tiros.

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