lunes, 24 de enero de 2011

Doorman 5: Oficinas

Las oficinas se encontraban en la otra punta de esa misma planta y allí convivían: administración, ventas, recursos humanos, finanzas y seguridad. Al igual que en cualquier otra empresa, ésta era la zona más pequeña y con menos gente pero, a la vez, la más misteriosa, espantosa, temerosa y tenebrosa. Por supuesto, como en todas partes, los empleados temían siquiera acercarse y, cualquier llamada que viniera de allí, sólo podía significar que había algún problema del que no podrían librarse, como quien va de pesca en una chalupa de tres al cuarto un día que ve unos nubarrones bíblicos en el horizonte y suelta la perla de: “eso son cuatro gotas” y luego terminan haciendo surf sobre gigantescas olas de tropecientos de metros y hundiéndose, no faltaba más. Como opinaría el viejo lobo de mar de los Simpsons ®: “¡Arrr!”

No obstante, con todo el lío que se había montado, y viendo que todo el centro comercial estaba ahora desierto, no les quedaba más remedio que ir allí para tratar de averiguar qué había pasado exactamente o, en todo caso, encontrar alguna pista.

Por tanto, atravesaron los pasillos que previamente había recorrido Ramón hasta llegar de nuevo al departamento de deportes, donde dejó el palo de golf, un bonito hierro 9 que sacó de un juego de seiscientos euros en oferta. Ya no tenía la menor duda de que no lo iba a necesitar y no quería que nadie le pudiera acusar de robar en su propio lugar de trabajo (la excusa que jamás le daría a su compañera era que no tenía ni puta idea de jugar a golf, ya que por todos es sabido que un hombre jamás reconocerá sus carencias ante una mujer, siendo además, las posibilidades de que esto suceda, inversamente proporcional a la confianza que tenga con ella).

En otro orden de cobardía, cabría decir que tampoco pasaron siquiera cerca de la sección de lencería, meditada jugada en la que se eliminaba de un solo golpe cualquier intento por parte de Paloma de hacer algún otro chiste fácil sobre el puesto de trabajo del bueno de Ramón. No obstante, la entrada principal (que se encontraba justo al lado de “sus dominios”) era lo suficientemente grande como para verse desde el pasillo que estaban siguiendo.

Como también es sabido por todos que no hay detalle que una mujer pase por alto (Doorman acabará más adelante con fuertes jaquecas, está claro, pero sólo un genio es capaz de anticiparse a todos los movimientos del mundo femenino antes de que sus mentes inquisitivas, perversas y retorcidas busquen con mordaz mala uva ese punto de la Estrella de la Muerte®, que es el Universo Masculino, por el que lanzar sus misiles y destruirles toda posibilidad de parecer que son quienes llevan los pantalones en casa).

¿Cómo lo consiguen? Nadie lo sabe, pero el caso es que DB se fijó en que las puertas estaban cerradas a cal y canto y las persianas metálicas bajadas, lo que le llevó a realizar inoportunas pesquisas (cómo no, siempre encuentran la manera, el resquicio, esa diminuta mancha de calimocho en tu cazadora cuando tenías 16 años por la que tu madre te dice: “¡tú has bebido!” y ya estás perdido, digas lo que digas, aunque pienses que: “No fui yo. Yo no bebo. Fue un amigo que sí bebe y me salpicó” sea la respuesta más ingeniosa del mundo y te vaya a salvar de las hostias y el castigo).

Es por todo ello que Paloma puso en marcha los engranajes del diálogo, ahora un poco mejorada después de recuperarse del ataque de los malhechores:


- Uhm, esa puerta… ¿cómo es que está cerrada?

- Esto… alguien lo haría, claro.

- Pero, ¿cómo? Estamos solos y el mando y el código para hacerlo está por la parte de dentro.

- Lo habrá hecho el gerente y se habrá ido, como todos los días, por la puerta de servicio.

- ¿Y por qué no se ha asegurado de que no quedaba nadie dentro antes de hacerlo?

- ¡Joder, yo qué sé! Se habrá puesto nervioso.

- Típico de los tíos. De todas maneras, Carámbano no es de los que se acojonaría con tanta facilidad.


Sí, Carámbano es un mote. Como si ahora nadie le pusiera apodos a sus jefes. El caso es que el Señor Vázquez era un jodido hueso, un tipo de lo más frío cuando entraba a trabajar, pero que a medida que pasaba el día suavizaba su glacial aura para terminar las jornadas pareciendo prácticamente un ser humano. Vamos, la propia definición de carámbano, para que se entienda.


- Pues ni idea, a lo mejor hay algún otro dispositivo de seguridad nuevo que…

- ¿Y que se active por un mísero robo?

- Bueno, nadie sabía que se trataba de un robo. Además, recuerda las explosiones.

- Minucias. Pienso llegar al fondo del asunto. Esto es de lo más extraño.

- ¿Por qué sois todas así? ¿Todo tiene que tener una maldita explicación? ¿No puede haber ocurrido porque sí o por la razón que sea y ya está?

- ¡NO!

- Pero…

- ¡No hay peros!

- ¡Ay, qué duro se me va a hacer esto de ser un superhéroe mientras me junte con mujeres…! (esto lo pensó, no lo dijo. Aún no le había sacado de quicio del todo como para cometer los errores que tendría una mente poco entrenada en estas lides. Evidentemente, alguien que brega a diario en su sección con chicas, es como quien va al gimnasio y se acaba poniendo fuerte o como quien va mucho a la biblioteca, no para ver chicas que van a estudiar, sino para culturizarse y aprender un montón de cosas dudosamente útiles).

- Oye, DB, ¿por qué no dejas a un lado la jodida puerta por un momento y nos centramos en ir a las oficinas para ver qué ha ocurrido?

- ¡Oye, conmigo no te pongas gallito! ¡Y vigila ese lenguaje!

- Perdón…

- Eso está mejor. Bueno, está bien, vayamos a ver la garita de los seguratas.

- Caray, qué carácter, qué sangre fría, qué… qué… ¡joder, cómo me pone! (¿Es necesario decir que esto también lo pensó nada más?)


Por tanto, siguieron caminando por la red de pasillos hasta llegar al fin (¿quién lo diría?) a la puerta de las oficinas. Ésta se encontraba entreabierta, otro efímero detalle que no se le escapó a ninguno de los protagonistas, pues Carámbano jamás se olvidaría de cerrarla al marchar ni por asomo. No obstante, se asomaron, pero no se oía nada.

Entraron con sigilo (como en las películas) y fueron comprobando cómo en cada uno de los cubículos (que no cubiles, como los de los dragones) no había ni un alma y las puertas estaban abiertas de par en par. Vieron, además, que los ordenadores seguían encendidos y todo estaba revuelto (lo justo) como si alguien se hubiera largado a todo correr, lo cual entraba dentro de la lógica, por aquello del pequeño caos que se formó hacía ya un buen rato. Incluso el misterioso maletín del jefe de Recursos Humanos estaba aún allí donde siempre lo dejaba, cerrado.

Continuaron hasta el fondo, pues a escasos metros estaba la puerta de los de seguridad, y ambos percibieron algo raro en el aire a medida que se acercaban, como si de pronto se sintieran un poco más cansados, somnolientos. Se miraron el uno al otro, como tratando, en silencio, de comprobar si ambos habían sentido lo mismo (aunque él tenía también otras razones adicionales, que ahora no venían a cuento, para hacerlo).

Llegaron hasta la puerta y, de nuevo en silencio, como si de una compenetrada y experimentada pareja de aventureros se tratara, asintieron con la cabeza a la vez y entraron en tromba en la oficina.

Los tres tipos de seguridad estaban allí tirados, uno en el suelo, y los otros dos en sus sillas y con las cabezas sobre la mesa. Rápidamente se acercaron a ellos para tomarles el pulso comprobando, aliviados, que los tres respiraban con normalidad. No obstante, también se dieron cuenta que seguían sintiendo cómo la cabeza se les hacía más pesada y se les cerraban los ojos.

En un golpe de lucidez, Ramón echó un veloz vistazo a la habitación hasta que encontró lo que buscaba: una botella abierta. Inmediatamente, aun con las fuerzas ya mermadas, se acercó a ella y la cerró, advirtiendo a Paloma de que no debía respirar y que se tapase con algún pañuelo, lo que también hizo él mismo. Acto seguido, salió fuera con la botella y la arrojó bien lejos (de hecho, la estampó contra el expositor de la sección de automoción, donde trabajaba un tipo que le caía muy mal. Por aprovechar y tal) y luego regresó para abrir todas las puertas (a mano, como los simples mortales) para que hubiera corriente y se ventilase todo aquello.


- ¡Éter! ¡Los ladrones emplearon éter para dormir a los guardias!

- Seguro que uno de ellos era mujer, para tener una idea tan sencilla y brillante.

- Será pendeja…

- ¿Perdona?

- No, que ya despeja.

- ¡Que mente tan brillante la de esa ladrona!

- Y tú eso lo sabes… ¿Por qué eres su compinche o qué? También hay tíos lo suficientemente inteligentes para tener una idea así.

- Sí, claro, y yo tengo poderes.

- ¿Sí? ¿Los tienes? Yo…

- Tú lo que eres es tonto, Ramón. ¿Cómo voy a tener poderes? No serás uno de esos frikis que leen cómics y juegan a rol, ¿verdad?

- Eh… claro que no, joder, ¿acaso piensas que tengo dieciséis años, soy un inmaduro y no tengo vida social por estar todo el día delante del ordenador haciendo dios sabe qué? ¡Por favor…!

- En fin, olvídalo. Entremos ahí y despertemos a los guardias, a ver qué nos pueden contar. Por cierto, me he fijado en las pantallas y ninguna de las cámaras de seguridad estaba funcionando.

- Supongo, entonces, que el asalto empezaría aquí, neutralizando a esos tres vagos a la hora del bocadillo. Pero, ¿cómo se las arreglarían para llegar hasta ellos sin que los vieran en los monitores? ¿Neutralizarían primero las cámaras o a los guardias? ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?

- ¡Ay, madre! ¿Con quién me junto yo?

- ¿Dime?

- No, que eso mismo me pregunto yo…


Mientras tanto, fuera del centro comercial, las aulladoras sirenas de la policía, bomberos, ambulancia y quién sabe de qué más (todas parecen iguales) se acumulaban en el parking, ante las puertas cerradas. No tardarían en entrar con los equipos de asalto, arropados por la más que probable marabunta humana que se habría dado allí cita. Que, por otra parte, es lo que suele pasar en las películas, así que por qué no iba a ocurrir en aquel mundo de locos.

La verdad es que no se habían parado a pensarlo, pero no sería muy difícil explicar qué era lo que hacían exactamente ellos allí dentro con todo cerrado. Paloma tenía una excusa perfecta y, Ramón, podía decir cualquier tontería que se le pasara por la cabeza. Incluso que estaba en el baño cuando todo sucedió y no le dio tiempo a salir. Cualquier cosa serviría para cubrir su verdadero secreto.

Ya volvían en sí los guardias del centro comercial cuando los equipos de seguridad derribaron la puerta trasera (que también estaba cerrada, pero en este caso, con llave) y entraron montando una escena, como si de un auténtico comando de élite se tratara, con sus chalecos antibalas, cascos, escudos y armas, dispuestos a reducir a… bueno, no había nadie, así que se iban a quedar con las ganas.

Cuando los desilusionados agentes del orden salieron de nuevo y dieron el lugar por despejado, entraron los servicios médicos, que ya se dirigían hacia donde estaban la pareja y los seguratas. Allí mismo se dieron las explicaciones oportunas a las autoridades y asistieron a Paloma a consecuencia del golpe.

De todas maneras, cuando todo se fue calmando y se quedaron solos fuera del centro comercial, se sintieron un poco desilusionados por no haber sido capaces de sacar nada en claro de todo el asunto ni de haber podido conseguir muchas pistas. Que tampoco era algo que a Ramón le importara gran cosa, pero parecía que a Paloma le había sentado muy mal que le hubieran golpeado y que la cosa se fuera a quedar así por el momento. Tenía muy claro que ella iba a hacer algo al respecto. Y, por supuesto, ante esta situación, a él no le quedaba más remedio que echarle un cable si quería… bueno, si quería ser útil.

lunes, 3 de enero de 2011

Doorman 4: Compañeros.

Cualquiera que haya pasado alguna vez por un centro comercial o por cualquier otro lugar donde tengan puertas automáticas sabe, de una u otra manera, que entre que se activan los sensores y se abren por completo las hojas, pasa un tiempo delicadamente largo comparado con el no muy veloz paso humano. Quiere esto decir que, como la cosa vaya un poco acelerada, varias teorías de la física acuden rápidamente al lugar de los hechos, como cuando a uno le entra un apretón, que también pasan cosas rápidamente. Quizá demasiado, de vez en cuando.

Por eso, cuando Ramón vio la escena, una cantidad significativa de neuronas tomaron las riendas del recinto cerebral y le comentaron que era posible que hiciera falta que se pusiera puertas a la obra. Expresión, por otra parte, que tenía que buscar la manera de recordar (se le había ocurrido el día anterior), para ser tan guay como los superhéroes de los cómics que lee, que tienen frases de esas y las sueltan con desparpajo y un ligero matiz narcisista cada vez que se les presenta una buena ocasión y, sobre todo, hay más gente delante.

Así pues, en un alarde de reflejos a la altura del más rubio, esbelto y afeminado elfo, invocó su poder y, haciendo cuernos en dirección a las puertas, las abrió con suficiente antelación como para que no ocurriera ninguna desgracia.

Decenas de personas pasaron como una exhalación por su lado sin ni siquiera percatarse de su presencia, asustados como estaban y temiendo por sus vidas, lo cual le venía bien para sus propósitos, pues ya había decidido que no quería dar a conocer públicamente sus habilidades, y haciendo uso de ellos, únicamente, desde las sombras del anonimato. El mundo no estaba preparado para alguien como él (probablemente).

El caso es que, una vez que hubo pasado el último cliente, se retiró tras el mostrador de su sección y desde ahí volvió a poner a prueba sus poderes, haciendo bajar la verja exterior de seguridad, para que nadie pudiera entrar en el recinto. De esta manera ya podía cometer la locura de aislar el foco de todo aquel jaleo… consigo mismo como única barrera que le hiciera frente.

Así pues, mientras cerraba todo a cal y canto lanzó una mirada rápida hacia donde parecía haber dado todo comienzo, aunque no alcanzó a distinguir nada, lo cual lo hacía todo más extraño.

Armándose de valor se dirigió, lo más silencioso que pudo, hacia el meollo, pero dando antes un pequeño rodeo a través de la sección de deportes, donde se le ocurrió que podría hacerse con un palo de golf. Estaba bien eso de hacerse el valiente pero, llegado el caso, una pequeña ayuda siempre era de agradecer y no había ninguna regla, escrita o no, que dijera que en una pelea contra el Mal hubiera que ser honorable o estar en igualdad de condiciones. Que eso es muy heroico, romántico, lírico… y también muy estúpido. Además lo había visto hacer en una película, lo cual verifica que es el correcto paso a seguir, pues para este tipo de cosas no exageran nunca y recrean siempre la pura realidad.

Desde que la gente había abandonado las instalaciones, todo estaba en calma y no se escuchaba ruido alguno. Nuevamente, su espíritu de elfo amortiguó el ruido de sus pisadas y fue acercándose poco a poco a la sección de electrónica.

Llegados a este punto, cabría preguntarse por qué no había acudido nadie de seguridad, pero ése sería un asunto a resolver más adelante: Doorman era un auténtico, genuino e increíble (literal) superhéroe, pero no podía estar en todas partes a la vez.

Anduvo por varios pasillos más, atravesando otras tres secciones desde la de deportes, teniendo especial cuidado al llegar a los pasillos transversales, pero todo estaba desierto. Al cabo de un rato, que le pareció eterno llegó, por fin, al espacio abierto de electrónica, donde suponía que todo parecía haber dado comienzo. Dobló una última esquina con toda precaución y se quedó un instante sorprendido, al ver a una de sus compañeras tirada en el suelo y con un hilo de sangre en el suelo, a la altura de su cabeza.

Miró en derredor y, al no ver ni oír a nadie, echó a correr hacia la chica. Llegados a este punto, decir que en absoluto es cierto que se fuera fijando en su culo mientras se acercaba. Cuando llegó a su lado comprobó que aún respiraba, así que se relajo e intentó reanimarla, si bien en esta ocasión tampoco nadie podría decir que sintiera una siniestra motivación extra por el hecho de ser… una mujer. No fue hasta que la compañera recuperó la consciencia cuando se dio cuenta de un par de pantallas enormes de televisión que estaban tiradas en el suelo, así como, un poco más allá, un equipo de música y, al fondo, lo que antes habían sido varias cámaras fotográficas.

Volvió a centrarse en la chica (al fin y al cabo, siempre termina uno haciéndolo, aunque jamás se admita), que ya empezaba a incorporarse mientras se palpaba el lugar de la cabeza de donde le había brotado la sangre, dándose cuenta de un bulto considerable debido a un fuerte golpe que recordó le hubieran asestado.

- ¿Dónde está todo el mundo? ¿Qué ha pasado?

- Bueno, yo esperaba que me lo dijeras tú.

- Joder, lo último que recuerdo es ver a un tío colocando algo sospechoso entre las cámaras digitales. Fui a llamarle la atención y entonces recibí un buen porrazo en la nuca, pero ya no recuerdo más.

- Supongo que después de eso vendrían las explosiones.

- ¿Explosiones?

- Sí, hubo tres. Pequeñas, pero mi mente detectivesca ha deducido que fueron las que destrozaron todos esos aparatos e hicieron que la gente huyera despavorida hacia la salida de la ropa interior.

- ¿Quién es la salida…?

- La puerta de salida que está donde la sección de ropa interior. Mi sección.

- Ah, qué susto. Pero, ¿tú…?

- Sí, hija, sí, este uniforme no lo uso por placer.

- Oh, entiendo. ¿Y le ha sucedido algo a alguien? ¿Ha salido todo el mundo?

- Sí, yo mismo organicé como pude el desalojo de la gente, que me costó mucho trabajo porque la estampida humana fue increíble y muy peligrosa.

- ¡Caray, qué valiente! Fantasma

- ¿Eh?

- No, eso, que me entusiasma. Que lo hayas conseguido, vaya.

- Ah. Je, gracias.

- Y, bueno, ¿tú te encuentras bien? ¿Te duele mucho el golpe?

- El golpe un poco, pero me duele más el orgullo. No sé cómo me pudieron pillar así de desprevenida.

- Normal, eres una tía

- ¿Cómo?

- Que normal, digo, que tienes hasta herida.

- Ah, creí haber entendido…

- ¿?

- Nada, déjalo.

- Te quiero.

- ¿Qué?

- No, que… eh… que te quiero preguntar tu nombre, que no te conocía. ¡Y eso que somos compis!

- Cáspita, perdona, será el golpe, que me ha dejado algo atontada.

- Ejem.

- ¿Sí?

- No, carraspeaba.

- Ah, ¿de fumar?

- Ya lo he dejado. Con esto de la nueva ley…

- Entiendo. Pues nada, me llamo Paloma, pero mis amistades me llaman…

- ¿Pop Corn?

- ¡Oh, nos has salido héroe modesto y gracioso! ¡Bravo! No, me llaman DB.

- ¿Como los cómics?

- De Be.

- Ah, yo soy Door… Ramón. Por cierto, ¿por qué te llaman DB?

- Es una larga historia. Tal vez te la cuente un día, hombre-lencería.

- Muy graciosa tú también… En fin, volviendo al asunto que tenemos entre manos… ¿no recuerdas, tal vez, qué te llamó la atención del tipo que viste? ¿Qué hacía?

- Pues… tenía en las manos algo. Como… como una botella de plástico, o algo parecido.

- Uhm… eso suena a las típicas “bombas caseras” de agua fuerte y tal…

- Podría ser, sí. Pero menudas explosiones, para dejar todo eso así. ¡Hey, espera un momento! ¡Se han llevado los portátiles! ¡Y la estantería de los Iphone ® está vacía!

- Joder, pues armar todo este tinglado para llevarse eso… ¡menudos frikis! ¡Qué gente más rara anda por el mundo, pardiez!

- Y, a todo esto… ¿dónde están los de seguridad?

- ¡Rayos, me había olvidado por completo de ellos! ¡Y las cámaras de vigilancia! ¡Vayamos a su garita! Y enrollémonos

- ¿¡Perdona!?

- Eh… Y busquémoslos, he dicho.

- Vale, sí, de acuerdo, vamos.

Y, así, la pelirroja de electrónica y nuestro superhéroe de ropa interior femenina se pusieron en marcha hacia el cuarto de los vigilantes, para ver por qué no habían aparecido y, de paso, revisar la grabación de las cámaras para acudir a la policía y dejar que ellos se encargaran del asunto…